
El recuerdo de un personaje entrañable que dormía en las calles de Liniers y Mataderos, y supo ganarse el cariño de los vecinos.
La historia de Mosquito es como la de tantos otros seres anónimos que deambulan sin rumbo -sin esperanza, sin miradas, sin sueños- por los rincones más diversos de la ciudad. Su doloroso pasado, ajeno a una sociedad que optó por invisibilizarlo, cargaba adicciones y arrestos en su flaca y cansada espalda. Hasta que un grupo de mujeres de la parroquia Nuestra Señora de Las Nieves, en una fría noche de invierno de 2018 posó su mirada en él. Desde entonces, comenzaron a asistirlo con ropa, comestibles, medicamentos y, fundamentalmente, con compañía. Sus compañeros de calle lo apodaban Mosquito, por lo liviano de su cuerpo que parecía volarse al compás del viento, y así comenzaron a llamarlo también ellas. Mosquito no tenía familia y su presente estaba colmado de soledades.
Con el tiempo, aquel grupo de mujeres logró que Mosquito dejara las adicciones y que encendiera una pequeña luz de esperanza en su futuro inmediato. Poco después, le consiguieron una vivienda y él no tardó en hacerse cargo de su nueva vida: mejoró su aspecto físico y comenzó a hacer changas que le permitían volver a ser artífice de su destino. Como agradecimiento, se sumó como asistente al grupo de colaboradores de la parroquia de Liniers en las peregrinaciones a Luján (foto).
Pero -siempre hay un pero- algún tiempo después su cuerpo cansado y endeble le pasó factura. Mosquito enfermó y debió ser internado en el Santojanni. Aunque fue asistido y acompañado hasta el último de sus días, el 25 de octubre del año pasado finalmente decidió volar al espacio infinito.
Su partida, claro, conmovió a muchos vecinos. Entre ellos a Manuel López, quien tuvo oportunidad de tratarlo. “La vida de Mosquito cambió el día en que se sintió amado y él también pudo amar”, dice el vecino de Mataderos, y luego aclara que sus cenizas están en la parroquia de Las Nieves. Para evocarlo, Manuel le dedicó las estrofas que se ubican a continuación.
Elegía a la muerte de Mosquito
El copo fue hilado,
el hilado fue tejido
punto vareta al crochet,
la malla jugó al viento
y se mezcló con las hojas;
el árbol del Santojanni
en su copa lo recogió
cerrando mil ventanas;
allí mismo, donde la espera
es de caras desencajadas,
mil rostros en pesadumbre
por una gasa y un poco de alcohol;
el tímido sol se oculta,
penumbra, suave garúa en las ramas,
suave garúa en las almas,
el viento ácido del norte
Chaco boreal
en un copo de algodón
lo trajo a la Capital;
pobre Mosquito…
historia repetida,
sostenida, impuesta:
las manos agrietadas, percudidas,
piel trasluciendo sus flacos huesos,
cincuenta kilos de carne,
magra carne, Mosquito,
para llegar a la Villa.
La junta lo traicionó,
los meses fueron minutos
y los minutos prisión.
Grillos en los pies y grillos en las manos:
fue víctima del sistema,
el tiempo lo perdonó,
libre, libre para estar solo
en la calle sin piedad;
alguien sin nombre
valoró sus agallas,
hay que ser valiente
para vivir en la calle
en eterna soledad;
fracturado por dentro
buscó soldar tanta rotura
tuerca a tuerca.
Fue transitando lugares,
coches rotos en la calle,
paradas de colectivos,
guardias de hospitales.
El Santojanni fue su cama,
su pasión, su libertad,
sus ojos clavados
en las almas que esperan
noticias o tragedias día a día.
Esa hada misteriosa
desde el 2018 le devolvió su vida
sin saber; sin darle un beso, un abrazo,
o sólo la presión de su mano.
Fueron los suyos, sus “protegidos”.
Navegando entre mates cocidos,
muchos corazones atravesó.
navidades, cumpleaños, y Pascuas.
Fuente de nuevos sueños,
nuevos proyectos, nuevos horizontes.
Conociendo en profundidad
los rostros de la calle,
empatizaba con claridad,
con gratuidad.
En todos lados,
como los mosquitos,
él estaba, él se reinventaba.
Cambió su andar.
Ya en su casa
en su nuevo reino,
en Mataderos se sintió cuidado.
Los dientes se arregló
para sonreír mejor.
Su cuerpo, cansado
un día se enfermó.
Unos meses, un adiós.
Esta vez, no fue en vano.
El mundo lo abandonó,
pero la continuidad lo redimió.
Tejiendo puentes y caminos,
fronteras sociales y personales
fueron trascendidas.
Después de encarnar
tanto deshecho de invisibilidad,
su historia fue resignificada,
su corazón, restaurado,
su partida fue llorada, fue duelada.
Amando, siendo amado,
y perteneciendo, así murió.
En el lado sagrado de lo humano,
como cauce de reparación comunitaria.
Mosqui sigue estando en todos lados,
invisible a los espejos,
invisible a las piedras de la calle,
sensible al barro y al polvo,
a los ecos de una calle vacía.
El pasado, aunque venga de atrás,
siempre nos alcanza.
Si pudiera enterrar su pasado,
gritaría: ¡aquí no ha pasado nada,
pero pasó!
Dejó sus huellas
para gritar, ¿¡quiénes somos,
cómo nos vemos!?
Mosqui sigue estando en todos lados.
Manuel López