
Florecieron las tipas y una lluvia de flores amarillas tiñe las superficies del paisaje urbano en cada barrio. La tipuana tipu -más conocida como tipa- es uno de los árboles más grandes de la Ciudad y a la belleza de sus flores le suma un gran beneficio ecosistémico: por su gran tamaño puede reducir hasta 8 grados la temperatura ambiental a su alrededor.
El comienzo de diciembre marca el momento álgido de la floración de una de las especies más reconocibles y de mayor porte del arbolado porteño, la tipuana tipu, conocida comúnmente como tipa. Su presencia en calles, parques y avenidas transforma el paisaje urbano con la caída acompasada de flores amarillas que tiñen las veredas y espacios verdes durante esta época del año. Como estrellas fugaces, millones de flores titilan brevemente entre las hojas de la tipuana tipu y se dejan caer para resplandecer sobre el verde de los parques o el gris de calles y veredas.
La floración de esta especie dura aproximadamente tres semanas y genera un impacto visual característico cuando sus flores, de color intenso y con tintes anaranjados, brotan en grupos y caen rápidamente y de forma continua impulsadas por la lluvia y el viento, formando vibrantes alfombras de pétalos para disfrute de los vecinos en el espacio público.
Con casi 15 mil ejemplares totales distribuidos en distintas zonas de las quince comunas, la tipa es una de las especies más frecuentes del arbolado de la Ciudad, aporta sombra sobre la veredas del paisaje urbano y forma parte del patrimonio natural porteño desde su incorporación gracias al paisajista Carlos Thays. Proviene, como el jacarandá y el lapacho rosado, de la región de las yungas que comprende Tucumán, Salta, Jujuy, y el sur de Bolivia.
La magnitud del impacto visual de la tipa se explica, en parte, por su porte. En Buenos Aires los ejemplares llegan en promedio a los 15 metros de altura en veredas y 17 en los parques, aunque algunos rozan los 35 metros, con troncos de hasta 160 centímetros de ancho.
Las ramas de la tipuana tipu se caracterizan por su crecimiento ascendente y ondulante. En los ejemplares ubicados en espacios verdes, suele observarse una mayor presencia de ramas colgantes, dentro de una arquitectura natural que realza el efecto de las flores durante su caída.
Sebastián Diéguez, gerente de Mantenimiento del Arbolado de la Ciudad, señala que el Gobierno porteño apunta a preservar todas aquellas formaciones naturales históricas y sectores de alto valor simbólico, e indica que las alineaciones de tipas presentes en veredas y parques representan parte de la identidad urbana y requieren de un mantenimiento riguroso. El funcionario destacó, además, que en el último año se plantaron 15.914 nuevos ejemplares de árboles en la ciudad, entre ellos jacarandás, liquidámbares, tilos, crespones, lapachos, arces tridente y pezuñas de vaca.
La tipa está presente en diversos puntos de la ciudad, pero existen corredores donde su presencia es destacable, como por ejemplo el de avenida Pedro Goyena desde avenida La Plata hasta Alberdi, con 350 tipas que en algunos tramos alcanzan los 24 metros de altura. Otro es el de avenida Melián, desde La Pampa hasta Olazábal, en cinco cuadras hay unas 130 tipas que en buena parte superan en altura a las casonas de Belgrano R. En el Parque Tres de Febrero, la avenida no vehicular Valentín Alsina presenta una alineación de tipas de gran porte, y en la avenida Figueroa Alcorta, en torno a la plaza República del Ecuador, también se destacan ejemplares de esta especie. En la avenida Costanera Rafael Obligado, en las inmediaciones del Aeroparque Jorge Newbery, se encuentran imponentes alineaciones, y en la Costanera Sur se ubica otro sector relevante.
La otra lluvia de las tipas
De la tipuana tipu no solamente caen flores. Los mitos urbanos hablan también de lo que denominan “el llanto de las tipas”. Esa especie de rocío sentimental al que aluden, unas gotas azucaradas que pueden sentirse sobre el rostro al pararse debajo de las tipas durante noviembre, tiene poco de poético. Tras haber quedado desnudas las ramas de la tipa en octubre, los brotes comienzan a abrirse paso y noviembre recibe sus primeras hojas. Junto a ellas comienzan a formarse cúmulos de espuma que al adquirir peso son atraídos por la gravedad y se precipitan como gotas sobre los transeúntes, los vehículos y las calles de la Ciudad.
Estas gotas, pegajosas al tacto y de sabor azucarado, son en realidad las excreciones de un insecto. La “chicharra de la espuma” o cephisus siccifolius, una pequeña chinche, que se alimenta de la savia del árbol.
Beneficios medioambientales del arbolado urbano
El Plan Maestro de Arbolado de la Ciudad parte de una premisa: los árboles constituyen infraestructura verde urbana capaz de generar beneficios ambientales, sociales y económicos medibles. Según estándares de la ONU-Habitat, el valor total de esos beneficios a lo largo de la vida útil de un árbol puede ser entre dos y tres veces superior al costo de plantarlo y mantenerlo, lo cual refuerza el enfoque estratégico del Gobierno porteño hacia su patrimonio natural.
El arbolado es una red de soporte vital, fundamental para la calidad ambiental de la Ciudad y el bienestar de las personas. Entre los servicios ecosistémicos más relevantes que aportan los árboles se destaca la reducción de la temperatura: la presencia estratégica de los mismos puede refrescar entre 2 °C y 8 °C los entornos urbanos, mitigando el efecto de “isla de calor” provocado por superficies como el asfalto y los edificios.
Otro beneficio clave es el ahorro energético. La sombra que brindan los árboles disminuye hasta un 30% el uso de aire acondicionado y reduce entre un 20% y 50% el gasto en calefacción durante el invierno, según datos reconocidos globalmente. En este sentido, el Gobierno porteño ratifica que los árboles “moderan las temperaturas en verano y permiten un ahorro importante de energía”. A esto se suma su rol como filtros naturales: un ejemplar maduro puede absorber hasta 150 kilos de gases contaminantes por año y retener partículas finas como PM2.5, mejorando la calidad del aire y la salud respiratoria de los habitantes.
El Plan también destaca el aporte de los árboles en la gestión del agua y la lucha contra el cambio climático. Un ejemplar de hoja perenne puede interceptar más de 15 mil litros de lluvia por año, ayudando a demorar el impacto de las tormentas y reduciendo la escorrentía superficial. Además, mediante inventarios actualizados, la Ciudad puede medir la capacidad de fijación y almacenamiento de carbono del arbolado, contribuyendo a sus metas de mitigación climática.
En resumen, los árboles tienen un papel fundamental más allá de su valor ornamental: mejoran el nivel de calidad de vida de las personas y contribuyen de una manera positiva al medio ambiente porque reducen la temperatura, atenúan los vientos, favorecen el escurrimiento superficial, oxigenan el aire a partir de retener carbono, disminuyen la atmósfera de polvo, amortiguan la contaminación acústica y generan sombra.
