
El mundo del jazz argentino llora la partida de Roberto “Fats” Fernández, el trompetista boquense que a los 88 años dejó un vacío imborrable en la escena musical. Falleció en un geriátrico porteño tras agravarse su delicado estado de salud general, cerrando una trayectoria que fusionó el alma tanguera de su barrio natal con el pulso swing de los grandes escenarios internacionales.
Vecino eterno de La Boca, Fernández encarnaba la esencia cruda y apasionada de ese rincón porteño. Nacido el 7 de junio de 1938 en pleno corazón caminero, su vínculo con la trompeta surgió a los seis años, y con apenas 14 ya facturaba como profesional en The Georgians Jazz Band. El apodo “Fats”, un guiño obvio a su robusta figura, lo bautizó la movida jazzera local, pero detrás de esa imagen se escondía un tipo generoso, accesible y profundamente xeneize.
Durante décadas, Fats habitó un modesto departamento en Lamadrid y Almirante Brown, cerca de la Vuelta de Rocha, donde todo el barrio lo saludaba por nombre. “Era uno de los nuestros, un tipo de barrio que no se olvidaba de sus raíces”, recuerdan sus compinches de juventud. Su trompeta no era solo instrumento: era el eco de La Boca, con frases cargadas de barrio y emoción, ganándose el elogio de Astor Piazzolla, quien lo coronó “el Troilo de la trompeta”. Piazzolla no exageraba; Fernández soplaba con la misma garra sentida del bandoneonista, tejiendo tango y jazz en una amalgama única.
Su carrera despegó en los 50, consolidándose como pilar del jazz criollo por más de 60 años. Intuitivo, sensible y siempre leal con colegas, compartió escenarios con gigantes como Gato Barbieri, Ray Charles, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Branford Marsalis y Wynton Marsalis. La lista impresiona: Lionel Hampton, Michael Urbaniak, Randy Brecker, Larry Coryell y un etcétera que dibuja su pasaporte musical por el planeta.
Fats no era divo; era el amigo que improvisaba con vos en una jam session de barrio. “La vida te va sumando matices, y eso se filtra en cada nota”, solía decir, resumiendo su filosofía. Su obra trasciende fronteras, pero siempre volvía a La Boca, ese laberinto de conventillos y pasión que moldeó su sonido. Discos como colaboraciones con Piazzolla o giras por Estados Unidos y Europa lo inmortalizaron, pero su huella más profunda está en los pibes que lo vieron tocar en peñas locales.
La muerte de Fats Fernández no solo apaga una trompeta legendaria, sino que despide a un puente entre el jazz global y el folklore porteño. En La Boca, donde el Riachuelo murmura historias, su ausencia se siente como un silencio prolongado. La escena musical porteña ya planea homenajes: velorios en el barrio y recitales tributo suenan en el aire. Descansa en paz, Fats, el gordo de la trompeta que nos enseñó a soplar con el alma.
