Un emblema de la Ciudad recuperado del abandono en Dársena Sur
Imponente y callada, como si custodiara secretos centenarios, la Usina del Arte se levanta en Dársena Sur con la solemnidad de un castillo industrial. Sus ladrillos rojizos, las torres que rasgan el cielo y los ventanales de escala casi sagrada hablan de un tiempo en que la electricidad era sinónimo de futuro y la palabra “progreso” tenía el brillo de una lámpara recién encendida. Donde hoy vibran violines y respiran los bailarines antes de salir a escena, alguna vez temblaron calderas y rugieron turbinas que alimentaban la ambición luminosa de una ciudad en expansión.
Pero antes de ser palacio de la energía, ese rincón junto al puerto fue tierra abierta y polvorienta. A comienzos del siglo XX, cuando el sur todavía olía a río y a trabajo, un grupo de jóvenes improvisaba allí partidos de fútbol. Entre arcos imaginarios y camisetas transpiradas nació el Club Atlético Boca Juniors. El barro y los sueños sellaron una identidad que nunca abandonaría ese paisaje.
La antigua Usina Ítalo-Argentina de Electricidad surgió después como pieza clave del engranaje productivo porteño. Durante décadas fue el corazón eléctrico de Buenos Aires: iluminó hogares, impulsó tranvías, encendió fábricas y extendió la vida nocturna. Era el pulso invisible que sostenía la modernidad. Hasta que el avance tecnológico la volvió obsoleta y el coloso quedó en silencio, como un gigante exhausto a orillas del río.
Para entender su origen hay que volver a aquella Buenos Aires que, entre fines del siglo XIX y principios del XX, dejó atrás su escala modesta para convertirse en metrópolis vibrante. Miles de inmigrantes —italianos y españoles, sobre todo— descendieron de los barcos con herramientas, oficios y nostalgias. Poblaron conventillos, fundaron talleres y astilleros, dieron forma a barrios como La Boca, San Telmo y Barracas. El puerto era el motor; el sur, territorio áspero y fértil para la esperanza.
La ciudad crecía y con ella la urgencia de infraestructura. La electricidad dejó de ser lujo para transformarse en necesidad vital. Alumbraba calles, multiplicaba comercios, aceleraba la industria. Bajo el cielo porteño se tejía una red invisible de cables que conectaba a Buenos Aires con el mundo moderno.

En ese contexto nació la usina: no solo como respuesta técnica, sino como declaración simbólica. El arquitecto italiano Giovanni Chiogna imaginó algo más que una central eléctrica. Diseñó un “palacio de la luz”. Eligió un lenguaje neorrenacentista lombardo, con ecos florentinos y medievales, para conferirle una presencia monumental, casi cívica. Porque en aquella época la arquitectura también hablaba: expresaba poder, confianza, visión de futuro.
Las obras comenzaron en 1914, entre la actual avenida Pedro de Mendoza y Benito Pérez Galdós. Sus torres y ladrillos evocaban fortalezas italianas como el Palacio Vecchio o el Castillo Sforzesco. La mezcla de estilos —griego, corintio, gótico y colonial— dio como resultado un edificio ecléctico y solemne, pensado para albergar maquinaria pesada pero también para impresionar. En 1916 se inauguró la primera etapa; luego llegarían la torre-reloj y la elegante escalera artística en 1926. Con 7.500 metros cuadrados originales y tecnología de avanzada, la usina abastecía hogares, industrias y el puerto, incluso en tiempos turbulentos como la Primera Guerra Mundial.
Durante décadas acompañó la expansión urbana. Fue faro literal y símbolo de confianza colectiva. Pero hacia fines de los años setenta, las nuevas tecnologías la desplazaron. Las turbinas se detuvieron. El silencio ocupó las salas. El polvo comenzó a escribir su propia historia sobre el hierro y los ladrillos. Siguieron años inciertos: propietarios que cambiaban, proyectos que no prosperaban, abandono. Mientras Puerto Madero se transformaba y la ciudad avanzaba, la vieja usina parecía un gigante dormido, demasiado grande para desaparecer y demasiado olvidado para renacer.
En 2001, el Gobierno de la Ciudad adquirió el edificio e inició una restauración ambiciosa. La intervención respetó su piel industrial: columnas de hierro, ventanales inmensos, ladrillos centenarios. La superficie se amplió a 15.000 metros cuadrados y, en 2012, reabrió como Usina del Arte. La energía cambió de forma: ya no corría por cables, sino por escenarios.
Hoy es el corazón del Distrito de las Artes. Su sala principal, con capacidad para 1.200 personas, y la Sala de Cámara, más íntima, ofrecen una acústica de excelencia. El Foyer, el Salón Mayor, el Patio Central, la Calle Interna y la Sala Laberinto conviven con espacios dedicados a las infancias, como iUpiiiii, donde el arte se descubre jugando.

Por sus escenarios pasaron David Lebón, Hilda Lizarazu, Rubén Rada, Litto Nebbia, Luis Salinas, Nahuel Pennisi, Airbag, Trueno, Nicky Nicole y Tini, entre muchos otros. Fue sede del BAFICI, Ciudad Emergente, el Mundial de Tango y Color BA. Recibió a Jane Goodall, a Ágatha Ruiz de la Prada y hasta la visita de Barack Obama.
De las zapatillas embarradas de los primeros jugadores de Boca a la alta costura vibrante; de las calderas ensordecedoras a las teclas delicadas de un piano: la Usina siempre estuvo destinada a ser luz. El edificio que alguna vez sostuvo la expansión eléctrica de Buenos Aires hoy irradia cultura. Donde antes latían turbinas, ahora respiran violines y aplausos. El mismo suelo que fue barro portuario y cuna de un club legendario es hoy faro del sur porteño.
La energía no se perdió: simplemente aprendió a sonar distinto.
