
Una vez más le damos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad publicamos un relato evocativo y nostálgico elaborado por el vecino Sebastián Ricco, que invita a sumergirse en los primeros años de la década del 80’ para transportarse al Mataderos de entonces. “La manzana infinita” describe con detalle los recuerdos de infancia del autor, ambientados en la geografía de la incipiente plaza Salaberry, surgida tras la repentina demolición del viejo hospital de Mataderos.
De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento, relato o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Rivadavia 10718 7º Piso Dpto. 34 (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.
La manzana infinita
En el corazón del barrio de Mataderos, el Hospital Salaberry, arrasado por la barbarie de los gerenciadores del terror y de la ciudad allá por comienzos de los 80’, aún imponía su presencia o, al menos, lo que quedaba de ella.
Las ruinas eran testigo del pasado, pero para nosotros, pibes de infancia suelta, significaban aventura. Ese terreno vacío, abierto como un libro en blanco, era un predio libre donde desplegamos toda la imaginación: fuertes invisibles, pistas de carrera, campos de fútbol improvisados. Apenas a cincuenta metros vivía yo, y ese pedazo de tierra era mi patio más grande.
La vida en esa manzana enorme tenía el ritmo de los días bien vividos. Fútbol con mi gran amigo Claudio, y tardes enteras de calesita con el querido Miguel, el calesitero que parecía conocer todos nuestros sueños y el de varias generaciones más. Las ruedas giraban como el tiempo, lento y mágico.
Por entonces, la infancia se colaba entre los yuyos, los ladrillos sueltos y los restos descascarados de lo que había sido la morgue del viejo hospital.
Los murales de Brigada A y ese Mario Baracus que pintamos con mi hermano Patricio sobre la pared de la calle Bragado, bajo la atenta mirada de la querida doña Armonía -vecina entrañable y maestra de dibujo y pintura de aquella infancia florentina- eran motivo de orgullo y satisfacción.
Y llegó el ’86 y poco después el Mundial. El festejo no fue en una plaza ni en la tele: fue en ese predio que era todo para nosotros. Corrimos, gritamos, lloramos de alegría. Usamos el tiempo de la mejor manera posible. Hoy, aunque el hospital ya no esté, ese espacio sigue latiendo dentro mío. Como un corazón gigante hecho de tierra, memoria y diversión.
Sebastián Norberto Ricco
