Increible pero real: demolieron “El Arbolito”

Increible pero real: demolieron “El Arbolito”

La histórica edificación levantada en 1910 -que desde los años 70’ funcionó como local gastronómico- era la última posta gaucha de Villa Luro y Floresta. Hoy, la esquina de Rivadavia y Medina, donde hasta hace unos días se ubicara el centenario e icónico inmueble, se muestra en obra y próxima a albergar un nuevo edificio. Ninguna de las autoridades locales se opuso ni se expresó al respecto.

Entre fines de febrero y principios de marzo desapareció, a fuerza de implacables ambiciones inmobiliarias y un progreso sin historia, la centenaria edificación que significó, a principios del siglo XX, la última posta existente de la Capital Federal, antes de cruzar el límite con la provincia de Buenos Aires por el “Camino Real” o avenida Rivadavia.

Se trataba de la posta “El Arbolito”, sita en avenida Rivadavia al 9200, esquina Medina, y llamada así por la existencia en sus orígenes de un solo ejemplar arbóreo que le daba sombra. El sitio databa del año 1910, cifra que estaba esculpida en relieve por encima de una de las puertas laterales que daban a Rivadavia. De modo que, por la fecha de su construcción, el predio era anterior al barrio porteño que lo cobijó: Villa Luro, fundado a fines de 1911.

En esta posta, fonda y pulpería paraban los gauchos y paisanos que, conduciendo carros llenos de hortalizas y frutas provenientes de las chacras del lejano oeste, se adentraban en Buenos Aires para comercializar esos productos en los abastos más importantes de la pujante ciudad. Incluso, hacían gala de destreza avezados jinetes que llevaban ganado vacuno en arreos de leyenda.

Este mojón completaba el cuadro con algunos elementos estéticos que le daban inconfundibles aires de campo. Así, llegó a lucir en la vereda un abrevadero para que los cansados animales pudieran beber agua, y otra pieza que saltaba a la vista era la existencia de un grillete en la vereda que servía para que los paisanos sujetaran las riendas una vez que se apeaban de los caballos.

Existe el testimonio de un viejo vecino que dijo haber nacido dentro de la pulpería, de nombre Eduardo Federico Pedemonte, y que muchos viajantes, ajenos al trajín del comercio terrestre, se adentraban en “El Arbolito” en busca de algún refresco que les permitiera, al cabo de unos minutos, continuar con sus cotidianeidades. Heroica, y lejana ya, unión del campo y la ciudad, del gaucho y el citadino, gestada dentro de los márgenes de una comunidad que se iba tonificando con el encanto de la madurez, el aprendizaje y el respeto.

Al decir del historiador local Hugo Corradi, además de “El Arbolito” existieron otros mojones que también surcaban Rivadavia en dirección al Oeste y que, como aquél, cumplían importantes servicios tanto para los paseantes –que en esos lugares solían pernoctar- como para los laboriosos hombres de la campaña orillera, entre los que podemos citar: a) La fonda o pulpería “La Parada”, ubicada en el cruce de Rivadavia y avenida Lacarra; b) La fonda o pulpería “Del Ombú”, de Rivadavia y Pola; y, c) La casa de ramos generales “La Granja Nacional”, de los hermanos Pedro y Julio A. Costa, que también incluía una fonda con frontón de pelota vasca en la intersección de las avenidas Rivadavia y Escalada.

Dado el inevitable crecimiento urbano de la Capital Federal agregado a la aparición de automóviles, tranvías y otros medios de transporte, el criollo de a caballo y firme carruaje se fue ausentando, y, de suyo, cerrando aquellas instalaciones donde se disponía a descansar y, por qué no, beber algo antes de seguir la huella polvorienta que le marcaba el destino. De aldeana y campera, Buenos Aires quedó envuelta en lo que llaman progreso, evidenciando un paulatino pero sostenible abandono de aquella estampa tan tradicional, tan nuestra.

Entre edificios y modas vanguardistas, la legendaria construcción de la ex posta “El Arbolito” se transformó en un restaurante con variada suerte, aunque el nombre del local evocaba aquellos almanaques de gloria ruralista. Hasta que, en 2024, un poco por la magra seguidilla de años donde la economía no repuntaba y, otro tanto, por el desapego de la historia zonal de sus vecinos, el comercio gastronómico cerró sus puertas y dijo basta.

Los antiguos dueños mudaron sus instalaciones una cuadra más adelante, en dirección al Este, y cuando quizás anidaba en la esperanza de quienes sí tenemos apego por la historia de los barrios del querido oeste porteño de que la edificación pudiera quedar como mojón cultural para enseñanza de las futuras generaciones de villalurenses o florestanos, eso cayó en saco roto al verificarse que, tarde o temprano, las piquetas iban a borrar para siempre la vieja posta “El Arbolito”. Ciento dieciséis años tirados de un momento a otro, sin que a ninguna autoridad comunal porteña pareciera importarle. Entonces ¿para qué están, para qué sirven si no es para cuidar, preservar, restaurar y promocionar esos solares, esos comercios o construcciones por donde ha pasado un pedazo fundamental de la historia de Floresta, Villa Luro, Liniers o Flores?

Se reiteran las faltas gravísimas de los ganapanes que ocupan puestos y cargos públicos, de quienes, carentes de toda humanidad y trascendencia, prefieren engrosar sus cuentas bancarias o llevar una cómoda vida de placeres con nuestros impuestos de contribuyentes, en vez de dejar un patrimonio edilicio intacto para disfrute y cultivo de los porteños que, en épocas de liquidez globalizada, necesitaremos, para no caer en la locura existencial de la nada, un anclaje tradicional y cultural para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. Porque la modificación del paisaje puede incidir de modo negativísimo en la modificación del paisano, ya que el hombre se debe al lugar que habita y no al revés.

Gabriel O. Turone