Por las calles circulares del barrio, un punto emblemático de su geografía se convirtió en un lugar de pausa y encuentro. Federico y Emmanuel abrieron un bar con una propuesta que escapa al cliché palermitano para abrazar la tradición del café de cercanía, con pastelería de vecinos y un piano que espera ser tocado. ParqueChasweb conversó con ellos para conocer la historia de esta aventura.
Por Fernando Belvedere
Hay algo en Parque Chas que se resiste a la velocidad de la Ciudad de Buenos Aires. Un ritmo propio, de comunidad pequeña, que Federico —vecino de Villa Ortúzar, pero caminante eterno del laberinto— supo leer apenas se liberó la esquina de Gándara y Ávalos, frente a la fuente. Junto a su socio Emmanuel, hace cuatro meses levantaron la persiana de Café Chas, un proyecto que nació de la búsqueda de un lugar de encuentro genuino. Federico explica, mientras saluda a los parroquianos que ya entran sin necesidad de mirar la carta, que buscaron alejarse del concepto de «cafetería de especialidad» para volver al café tradicional porteño.
Lo que hace distinto a este rincón no es solo el grano, sino la red de identidad que sostiene cada mesa. Aquí la economía es circular y tiene nombre de vecino: la pastelería que «vuelve loca a la gente», como las tortas de manzana y las pastafrolas, las hornea Norma a la vuelta de la esquina. El pan de las tostadas de masa madre llega cada mañana desde el horno de Adrián en Polonia Pan, y hasta el vermut pertenece a los chicos del Club Saber. Incluso el equipo de trabajo —Lucho, Cande y Paula— vive a pocas cuadras del bar, reforzando esa idea de que el valor del lugar reside en lo que se produce y se comparte entre pares.
En un rincón del bar descansa un piano que perteneció a la tía abuela de Federico. No está de adorno; está afinado y con ganas de sonar. Muchos se sientan a probarlo y el trato es simple: si sabés tocar, regalás una canción a cambio de un café. Esa es la mística del lugar: la pausa. En tiempos de despersonalización, en Café Chas ya saben que «ella pide el jarrito mitad y mitad» o que «él quiere el vermut sin soda». Es ese «tercer lugar» que no es la casa ni el trabajo, sino el refugio donde el mozo sabe cómo te llamás.

Para Emmanuel, el Café Chas no es solo un negocio; es un refugio que le devuelve al barrio esa atmósfera de infancia que parecía perdida. Lo que más lo entusiasma es ver cómo el bar se convirtió en un escenario de encuentros espontáneos: vecinos que se cruzan de mesa a mesa, amigos que se abrazan tras años de no verse o los mismos empleados saludando a sus familias mientras trabajan. Ese espíritu de comunidad se siente en cada detalle, desde el fileteado de las ventanas que Rodolfo pintó durante un mes, hasta la pastelería de Norma o la ayuda de Lito del Centro Cultural y comunitario “El Laberinto de Chas” y Vero de “Tienda Estacional” locales vecinos al bar. En el Café Chas, las llaves se dejan sobre la mesa para que las pase a buscar un pariente y las puertas están abiertas para las mascotas y las bicis, porque la idea es que todos se sientan como en su casa.

La propuesta tiene una pata cultural y musical muy fuerte, inspirada en ese ruido a platos y botellas que es la esencia de un bar de verdad. Emmanuel recuerda un tema de la banda “2 minutos” que se llama “Mosca de bar” (escuchar) y dice así:
Otra noche en la ciudad, nada particular
y Enrique se va, hacia el viejo bar
Don Manolo lo saluda, es el mozo del lugar
y le pregunta, Enrique, que vas a tomar
y él le contesta Vodka con Gancia
Hola Manolo, como andas.
La luna ilumina toda la ciudad
y Enrique sigue sentado en el bar
los vampiros ya se fueron, la noche ya se va
y Enrique sigue esperando la revolución.
Emmanuel y Federico cuidan el clima con lupa: música al volumen justo, voces bajas para respetar al que lee y un espacio donde un disco, un libro o un piano son siempre bienvenidos. Fue una apuesta a pulmón, soñada desde 2012 y concretada en un contexto difícil, pero guiada por la convicción de que en esa esquina solo podía haber un café. Ver a sus propias hijas queriendo ayudar y aprender el oficio es el broche de oro para un proyecto que, más que despachar pocillos, busca sacar sonrisas y defender la identidad de Parque Chas frente a un mundo que a veces va demasiado rápido.
PCHW: — ¿Cómo fue la recepción del barrio en estos primeros cuatro meses?
— Fue el examen final. Que al vecino le guste era el gran objetivo y creo que lo logramos. Muchos nos dicen que parece que el café estuvo ahí siempre. Ya tenemos parroquianos que vienen todos los días a leer o trabajar, gente que repite el hábito. Nos falta empezar a saludarlos a todos por el nombre, pero para allá vamos. Se recuperó esa costumbre del café de cercanía, donde te conocés con el dueño y el contacto personal es lo importante.
PCHW: — ¿Tienen planes de sumar actividades o extender el horario próximamente?
— Vamos de a poco porque no queremos abarcar de más. Hoy cerramos a las ocho, pero la idea es empezar con eventos íntimos, quizás quincenales o mensuales. Queremos organizar algo de música con los chicos de Laberinto, lecturas de libros o catas de vinos. Lo importante es que sea algo que no invada al vecino; no queremos poner música afuera ni que sea a costa de la tranquilidad del barrio. Queremos ejecutar las ideas bien, llegando a la comunidad de forma orgánica.
PCHW: — Se nota una sintonía fuerte con otros comercios de la zona…
— Totalmente. Nos llevamos muy bien con Verónica de Tienda Estacional, estamos cerca de la librería Malatesta y de otros centros culturales como “El laberinto de Chas”. Hay una movida linda de pequeños negocios y proyectos cooperativos. Es una red que hace que Parque Chas sobreviva a una Capital Federal que a veces es un poco expulsiva. Entre nosotros nos apoyamos y eso es lo que mantiene viva la idea de vecindad.
PCHW: — ¿Qué mensaje le darían al vecino o vecina que pasa todos los días por la esquina?
— Simplemente agradecerles. Si ellos no acompañan, no podríamos seguir adelante. El hecho de que hayan ocupado el lugar es lo más importante. También decirles que estamos acá, nosotros mismos trabajamos el lugar todos los días. Si tienen una crítica o una propuesta, que se acerquen y nos hablen; estamos para escucharlos y para que este espacio siga creciendo según lo que el barrio pida.
Café Chas funciona de martes a viernes de 8 a 20 h y sábados y domingos de 9 a 20 h, en la esquina de Gándara y Ávalos. Es un refugio para los que buscan bajar un cambio, leer un libro o trabajar sin apuro. Como dice Federico: «no te vamos a echar si te quedás tres horas con un café».

Fotos: gentileza Café CHAS.
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