
La inolvidable aventura de tomar en tren en Liniers en la década del 60’. La singular estética del andén, los comercios que lo habitaban y los carteles que indicaban el destino de cada una de las formaciones que arribaban a la estación.
Por Daniel Aresse Tomadoni (*)
Entre los recuerdos del barrio que mágicamente surgen a partir de algún comentario casual, días pasados evoqué uno de los lugares más emblemáticos del barrio, ni más ni menos que su histórica estación. Creada en diciembre de 1872, fue una de las estaciones del Ferrocarril Oeste que conectaba la vieja estación Del Parque con la de Ramos Mejía.
Con los años pasó de ser un simple apeadero a una populosa estación, que fue testigo del paso de las máquinas a vapor a los trenes eléctricos. Sus columnas de acero y su andén central doble fue, es y será uno de los lugares con mayor concentración de público en torno a un medio de transporte.
Pero eso no es todo. Dentro de esa populosa estación existieron todo tipo de locales para un público cotidiano. Entre ellos se encontraba el puesto de diarios y revistas, con los diarios de la mañana y la tarde, y las revistas policiales con coloridas portadas que chorreaban sangre. Muchos las compraban al paso, yendo o regresando del trabajo, para luego apurar un café con leche con medialunas en algunos de los barcitos, y así evitar llegar tarde a la oficina. También estaban los que buscaban ese libro técnico o revista especializada en el local de los Artacho, quienes se animaban a las aceitosas fritangas del bar del túnel, y los que dejaban su encendedor para reparar en el negocio sobre el puente, cerca de la escalera central, por mencionar algunos.
Por entonces, el ritmo en esos andenes era tanto o más febril que en la actualidad. Y entre esa multitud de personas que pugnaban por ingresar a un vagón, convivieron durante años dos enormes carteles de madera pintados a mano, con la simpática leyenda “Trenes para afuera” y “Trenes para adentro”. Pero aquellas indicaciones visuales, se complementaban con la sonora, ya que una bocina en forma de cuerno situada en el techo, avisaba estridentemente que la formación debía partir. También se encontraban los viejos carteles luminosos indicando las estaciones donde iba a detenerse la formación. Claro que más de una vez, aunque el destino final anunciado fuera Miserere, el tren terminaba en Once de Setiembre. Y en paralelo, como ajeno a ese inacabable trajinar humano, cada tanto, un empleado desparramaba aserrín con kerosene para luego pasar un enorme escobillón, de manera de mantener limpios los andenes.
Recuerdo también que aquella estación tuvo uno o dos teléfonos, que a veces funcionaban. Allí, con mis cuatro años, vi cómo los viejos y hermosos coches ingleses BTH fueron reemplazados por los modernos coches japoneses Toshiba.
Alrededor de la estación la actividad también fue intensa, en especial de madrugada, cuando arribaban los trenes lecheros con sus tarros cargados, y el playón de la estación marcaba el temprano inicio de la jornada laboral con los obreros paleando sal en los vagones de carga, mientras el práctico pasaje que tenía salida para la calle Francisco de Viedma, recién comenzaba a despertar con su amplia variedad de locales para todos los gustos.
Todavía recuerdo cuando cursaba la carrera de Arquitectura en la Universidad de Morón, y me veo bajando con mi tablero y útiles técnicos por encima de mi cabeza, esquivando a los que trepaban las escaleras raudamente con los minutos contados de la mañana.
En suma, más que una estación, Liniers es un mundo con su intenso y frenético movimiento diario. Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.
(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube

