
En este viaje al pasado, la mítica Biblioteca de Alejandría (tercera parte)
Por Alejandro Andrés Bressi (*)
En esta vigésima séptima entrega –o papiro N° 27- les propongo seguir conociendo los secretos de la histórica Biblioteca de Alejandría.
En este caso haremos una pausa en la información para celebrar las fiestas de Navidad y año nuevo y comentaremos una anécdota excepcional sobre la antigua Biblioteca de Alejandría y el valor simbólico del conocimiento.
La Biblioteca de Alejandría, uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos del mundo antiguo, alcanzó durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo (285-246 a.C.) un período de expansión y consolidación sin precedentes. Heredero de la visión iniciada por su padre Ptolomeo I Sóter, Filadelfo comprendió que el poder no se medía únicamente en términos militares o territoriales, sino también en la capacidad de reunir, custodiar y dominar la producción escrita del mundo mediterráneo. Bajo su gobierno, la Biblioteca y el Museion se convirtieron en centros de investigación, traducción, crítica textual y recopilación sistemática de saberes provenientes de Grecia, Egipto, Persia, Fenicia y el Cercano Oriente. Envió emisarios, compró colecciones privadas, promovió la copia masiva de manuscritos y, cuando fue necesario, adoptó métodos más controvertidos para enriquecer los fondos bibliográficos del Estado Ptolemaico.
En este contexto de expansión intelectual se enmarca una de las anécdotas más conocidas (y sin duda de las más reveladoras) sobre la política bibliotecaria de Ptolomeo II : “la confiscación diplomática” de los manuscritos originales de los grandes trágicos griegos. Según relatan fuentes helenísticas y bizantinas, el rey egipcio solicitó a la ciudad de Atenas los ejemplares oficiales de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Estos manuscritos eran considerados patrimonio sagrado del estado ateniense y rara vez abandonaban la ciudad. Con el fin de garantizar la devolución de los textos, Ptolomeo II ofreció un depósito de 15 talentos de plata, una suma de enorme valor que equivalía a varios años de salarios estatales.
Atenas aceptó el acuerdo, convencida de que un monarca tan poderoso no arriesgaría semejante cantidad. Sin embargo, una vez que los manuscritos llegaron a Alejandría, Ptolomeo II los entregó a los especialistas del Museion bajo la supervisión del célebre filólogo Zenódoto de Éfeso, el primer bibliotecario de la institución. Se realizaron copias sumamente cuidadas, con una revisión textual minuciosa y una encuadernación de lujo. Cuando finalizó el trabajo el rey decidió devolver las copias a Atenas y retener los originales, aceptando la pérdida del depósito como un “precio” justo por la adquisición.
Este episodio, más allá de su carácter anecdótico, revela elementos fundamentales para comprender el espíritu de la Biblioteca en tiempos de Ptolomeo II. En primer lugar, refleja el concepto de la cultura como forma de poder: poseer los manuscritos originales de las tragedias áticas no sólo otorgaba prestigio intelectual, sino también autoridad simbólica sobre la memoria literaria del mundo griego. En segundo lugar, muestra la aplicación de métodos agresivos de adquisición, que podían superar los límites éticos tradicionales cuando se trataba de ampliar el acervo. En tercer lugar, pone de manifiesto la profunda profesionalización de los estudios filológicos, pues la biblioteca no se limitaba a acumular textos, sino que los sometía a procesos de crítica, corrección y organización, estableciendo estándares que influirían en la filología occidental durante siglos.
Si bien la biblioteca de Alejandría no celebraba la Navidad (una festividad que recién siglos más tarde adquiriría su dimensión cultural actual) esta anécdota ofrece una imagen simbólica que permite vincular ambos mundos. Al igual que los relatos navideños hablan de tesoros espirituales, dones preciosos y búsquedas guiadas por la luz, la historia de la Biblioteca bajo Ptolomeo II representa la aspiración humana de reunir y preservar lo más valioso del conocimiento universal. En este sentido, los manuscritos originales pueden entenderse como un regalo excepcional de la creatividad y la memoria humana, un “tesoro” que, como los presentes de los Reyes Magos, posee un valor material e intelectual a la vez.
De este modo, el episodio no sólo ilustra la política cultural de los ptolomeos, sino que también permite reflexionar sobre el significado que adquiere la conservación del saber el cualquier época. La biblioteca de Alejandría, con sus esfuerzos por reunir el pensamiento del mundo, encarna una forma antigua del espíritu que hoy asociamos con la Navidad: la búsqueda de aquello que ilumina, que se comparte y que se transmite como legado común. Por eso, al estudiar su historia, no sólo contemplamos un logro bibliotecario excepcional, sino también una metáfora duradera sobre la importancia de custodiar y celebrar la riqueza intelectual de la humanidad.
Nos encontramos en la próxima entrega. Y recuerden que recibimos sus consultas, sugerencias y opiniones en el correo electrónico: alejandroandresbressi@gmail.com.
(*) Bressi es vecino de Liniers, bibliotecario profesional, exresponsable de la biblioteca José Hernández, profesor de inglés, historiador e investigador de las grandes bibliotecas de la historia.
