En el año 1976, cuando nos sucedió el golpe militar, y cívico, y ruralista, y empresarial, y eclesiástico no imaginábamos y no nos animábamos a imaginar lo que nos esperaba. Nos esperaba un infierno con apariencia de limbo. Era como si aquí, en esta patria idolatrada, no pasara nada. Pero pasaba de todo.
por Rodolfo Braceli*
Pero pasaban atrocidades. Se violaban los cuerpos vivos, se violaban los cuerpos muertos, se arrojaban cuerpos vivos desde los aviones, al mar, se afanaban bienes, se afanaba a los muertos. Además, se negaba sepultura y se afanaba criaturas. En otras palabras, se desnucaba a la misma condición humana,
El 24 de marzo pasado se conmemoraron los 50 años, el medio siglo de aquel golpe tan tristemente compartido. Es un buen momento para intentar algunas reflexiones a propósito de un bien que nos cayó del cielo: la democracia. Pregunta, como sociedad, ¿a esa democracia la supimos conseguir?
La respuesta es que, en términos de sociedad, no conseguimos nada. Lo dicho: nos cayó del cielo. Los militares de turno llegaron al colmo de los colmos: hasta hicieron una (des)guerra en Malvinas. Quedan por juzgar las torturas, los soldaditos estaqueados en la intemperie del sur. Se ha cumplido medio siglo desde que aquí se instaló la crueldad y flameó la impunidad. Desde 1983 aquí vivimos en democracia.Y esa democracia, la verdad, apenas si gatea.
¿Cuántos asistentes tuvo la marcha del pasado 24 de marzo? Imposible saberlo. Las columnas de autoconvocados se renovaban, interminables. La millonada de seres que a distintas horas dijeron presente es incalculable. Una concurrencia de extraordinario comportamiento. No hubo saqueos, no hubo vidrieras rotas, no hubo balas, no hubo pedradas. Una vez más quedó demostrada nuestra capacidad para ser amorosos. Sí, amorosos. Expreso esto sin ánimo de ironías. La realidad nos mostró y nos demostró que también tenemos capacidad de juntación. De juntación amorosa. Justamente en tiempos de negacionismo. En tiempos cuando se camufla lo pasado diciendo que hubo una guerra, y que esa guerra enfrentó a los dos demonios.
No, no hubo una guerra. Hubo indiferencia activa y hubo un estado que confundió heroísmo con impunidad.
El 24 de marzo del 2026 debe ser recordado. Porque ese día homenajeamos y celebramos la democracia. Aquí en Buenos Aires y más allá. Aquí, en Córdoba, aquí y en Rosario, aquí y en Mendoza, aquí y en Bariloche y en tantos etcéteras. Reiterémoslo: sin una sola bala, sin una sola vidriera destrozada, sin una sola pedrada..
Es que al parecer hemos aprendido lalección. Que la memoria no es retroceso. Que la memoria es una semilla repleta de futuro. En fin, que la memoria es un arduo trabajo para merecer el derecho a la esperanza.
Ojo al piojo, cuidado con las confusiones: la paciencia no es resignación.
A la democracia la tenemos que regar, todos los días con sus noches. No olvidemos que la democracia nos cayó en la mollera. No fue un fruto conseguido, fue una fruta que nos trajo el azar de los vientos.
Es evidente que cumplir años de edad no nos garantiza crecimiento como sociedad.
Es evidente que aumentar la edad no nos garantiza crecer como sociedad. Vamos a reiterar sin ser reiterativos, reiterativa es la mentada realidad. Vamos por conceptos aquí escritos hace años en esta columna. Vamos por ellos. Por empezar, cuánto se parecen de pronto las palabras “sufragar” y “naufragar”. Las vociferada y extrema propuestas del señor Milei y de la señora Bullrich desde un derecho demencial jaquean a la pobre democracia. Estremece decirlo: cuidado, estamos en el umbral de una guerra civil.
Convocatorias como la del 24 de marzo nos indican el camino. Así se defiende la democracia, así. la democracia se celebra participando y reflexionando. Es lo que intentamos hacer en este rato de palabras.
Antes de descorchar botellas para los saludables brindis, hagamos memoria y balance. Ya entrados al año 2026 después de Cristo, para variar, los argentinos estamos desencantados, quejosos, desesperanzados y, lo peor, descorazonados. Muchos, demasiados, para variar, enarbolan el dedito de acusar para responsabilizar directa o indirectamente a la democracia. Tanto como para ver por qué nos pasa lo que nos pasa y no nos pasa lo que –suponemos–, nos debe pasar, propongo revisar la entretela de algunos lugares comunes; por ejemplo cuando con ligereza decimos que “la democracia está en deuda”. Hagámosle preguntas a nuestras preguntas. ¿Por qué? Porque, con sospechosa frecuencia, nos atrincheramos en la comodidad de convivir con preguntas que, más que ahondar, clausuran nuestra reflexión. Para este ejercicio tendremos que hacer memoria, algo que produce desasosiego y malestar, rechazo. Con frecuencia se asocia memoria con resentimiento y con inmovilidad, es decir, con retroceso. Confusión, cómoda confusión. Porque la genuina memoria nunca es retroceso: es semilla del día de mañana. No es encono ni nostalgia lagañosa, la memoria, es el pulso del futuro. Desde ella se consigue la alegría bien habida. Afirrmar que nuestra democracia transita por la adolescencia es una peligrosa exageración. Ni por la adolescencia, ni por la pubertad. Entonces, al menos, ¿estamos en la niñez?
No lo parece. ¿Podemos decir acaso que nuestra democracia es un niño que ya sabe caminar?
En realidad, esta democracia todavía no sostiene la cabeza; es un bebé que apenas si gatea. Y eso, adentro del corralito. No hace tanto, después del ruidoso e irresponsable “que se vayan todos” estuvimos jodiendo alegremente con la idea de mandarnos la fundación de la Segunda República.Joder, no consolidamos la Primera y ya queremos pavonear con la Segunda República. Debiéramos observar que en estas cinco décadas de democracia la libertad que más ejercitamos es la del (des)control de esfínteres. Caceroleamos sólo por cuestiones que tienen que ver con el corazón del bolsillo. ¿O no?
Pregunta, casi respuesta: ¿Podemos, con rigor, decir que nuestra democracia está consolidada?
No lo está. Nunca dejó de estar en peligro. En la década pasada llegó a su apogeo el vaciamiento del país que empezó en el 76 con aquella dictadura militar que contó con cerebros de civiles como Martínez de Hoz. Con las “relaciones carnales” del Menemsaqueo, se entregó y rifatizó desde el ferrocarril hasta YPF. De paso se aniquiló la industria. Perdimos el equivalente de cientos y cientos de Malvinas. El país ni siquiera fue mal privatizado, fue acogotado en sus fuentes de trabajo, fue rifatizado al peor postor.
Otra pregunta más: durante el menemsaqueo ¿vendimos acaso las joyas de la abuela? Falso cuento de ocasión. Mucho más que las joyas, vendimos a la abuela también, vendimos hasta el útero de la madre que nos parió. Por primera vez en la historia de la humanidad un país vendió hasta sus pozos que ya estaban vislumbrando petróleo. Damas y caballeros: aquí no quedaron ni los mástiles. Desgracia con suerte, porque, otra pregunta: ¿qué bandera izaríamos?
Pregunta irremediable: ¿Por qué está en peligro la democracia?
Porque ya no hay tres clases sociales, hay cuatro: la alta, la media, la pobre y la de los desgajados. Si sumamos pobres y desgajados superamos la mitad del país. Ese desborde de la más de la mitad está integrado por los desesperados. A los desesperados no se les puede pedir conciencia cívica, ellos están a merced de los oportunistas, ridículos gritones de ocasión.
Y el peligro, ¿en qué consiste? Toda democracia se desarrolla mediante la conciencia cívica. Lo que prevalece, desde hace años, es el hambre, el analfabetismo y la analfabetización. Hambre más analfabetización, igual a desesperación. La desesperación es lo contrario de la conciencia. De manera creciente, estamos a merced de los desesperados. El hambriento analfabetizado, para quien comer una vez al día es toda una aventura, no tiene casi posibilidad de conciencia al no tener aliento ni resto para reflexionar. Y entonces le importa un comino que haya o no democracia. En todo caso, si algo espera, es un redentor que lo saque de su insoportable absurdidad. (He ahí al señor Milei y a la señora Bullrich, por citar a dos cercanos botones de muestra; dos invertebrados que sirvieron para desnudar la inconsistencia de nuestra inmadura democracia).
Más preguntas: La democracia, ¿es un fruto o una fruta? Un fruto es algo que se siembra, que se consigue fatiga y desvelada paciencia mediantes. Una fruta es algo que a veces nos cae sobre la mollera. El fruto emerge desde abajo. La fruta viene de arriba. Vanagloriarse por lo que nos cae de arriba, sin esfuerzo extendido y compartido, es un infantilismo, es el principio de un suicidio.
Tengamos siempre presente que la euforia no es alegría, es depresión que va a venir. De la euforia pasamos a la cloaca de la gran depresión. Pero el caso es que –y esto se dijo muchas veces– la (des)guerra de Malvinas sirvió para traernos la democracia. Y así nos vino ella, la democracia, menos que sietemesina: no, no fue un fruto conseguido, fue la casual fruta que nos cayó sobre la mollera.
¿Así estamos porque nos estafaron?, ¿O así estamos porque nos estafamos?
Sí, es cierto, hay grados de responsabilidad. Muchos, muchísimos fueron cómplices por abstinencia, por indiferencia activa. Con esto no estamos licuando, ni subdividiendo las culpas y responsabilidades de los asesinos. Cuando se trata de vidas desgajadas y de muertes violadas, ni las responsabilidades ni las culpas se dividen y fraccionan por la inmensa cantidad de responsables.
Tenemos, como sociedad, esa cuenta pendiente: la de los 30 mil. Y la cancelamos no con el olvido, sino con la desmemoria. La desmemoria es una comodidad criminal. Y es el mejor abono para la impunidad, hoy galopante. Pregunta: ¿La desmemoria no es acaso una de las peores formas de corrupción?
Y llegamos a una pregunta frecuente, propia de los que se victimizan: ¿Qué hemos hecho para merecer esto? Hicimos nada. Hicimos desmemoria. ¿Dura la respuesta? Más dura la realidad.
Lo grave no es nuestra desmesurada Deuda Externa. Lo grave son las otras dos deudas: la Deuda Interna (hambre y analfabetización) y nuestra Deuda Interior (la desmemoria). El problema nuestro no es el olvido. Es la desmemoria.
Lavarse las manos a veces es un acto de higiene, pero muchas más es un acto de peligrosa cobardía. Después de todo tenemos una democracia “como la gente”. Y la gente somos todos. Con nuestro arrojo y con nuestras claudicaciones.
Cada día con su noche la democracia se celebra ha-cién-do-la. Y estando bien despiertos, porque al fin de cuentas esa democracia es un imprescindible insomnio.
Afrontadas las arduas preguntas, ahora sí descorchemos las botellas. Estamos con pulso, y en la pulseada. Estamos vivos, que no es poco en esta patria tan sembrada de muerte contra natura. Ya aprendimos que no somos los mejores del mundo. Dejemos de consolarnos pensando, como dicen, que somos los más inexplicables del mundo.
Hay mucho que hacer, arremanguémonos, metámosle. Ganemos las calles y las veredas. Mientras tanto, brindemos despiertos, alertas. Brindemos por la semilla primordial. No caigamos en la fácil comodidad de la desesperanza. Dejemos de reducir nuestra actividad cívica a la eructante digestión. Con alegría, brindemos por ella, por esa democracia que, no nos engañemos, todavía no supimos conseguir. No nos olvidemos: la democracia es un desafío, y es un prodigioso insomnio.
(La primera versión salió publicada en Jornadaonline, diario de Mendoza) * zbraceli@gmail.com / www.rodolfobraceli.com.ar
La entrada Después de una marcha histórica, la democracia nos espera muy expectante se publicó primero en Portal Barrio Parque Chas.

