Aquellos años felices

Aquellos años felices

El recuerdo de los juegos y juguetes de antaño, en el inconfundible paisaje de Mataderos.

Lola y Manuel dejaron para la historia su aldea de Galicia, rumbo a la tierra prometida. A su espalda, la hambruna, el dolor, el destierro forzado; a su frente, el trabajo, la esperanza, un mundo nuevo. Un viejo barco partió de Vigo, tercera clase, camastros, pan y chorizo, única dieta. En Buenos Aires, manos gallegas, manos amigas, en un precario sulky rumbo a Mataderos, en ese entonces Nuevo Chicago. Tiempos de dormir en piecitas prestadas. Trabajo para los dos, Lola, niñera cama adentro. Manuel, de todo, hasta llegar al amor de su vida: el colectivo. Peso sobre peso, hasta comprar un terreno por ciento treinta y dos cuotas de diecisiete pesos; la primera pieza, de ladrillos, cocina de madera, en el fondo, la letrina. Al tiempo, nació Mabel y, muchos años después, abrí los ojos en mi amado Mataderos. Lola no sabía leer. Mi viejo ausente por trabajo. Sin gas. Sin cocina. El fogón, único mueble. Y en el piso, el brasero, quemando carbón para cocinar, para entibiar, para calentar agua para lavarnos. Una mesita verde, cuatro banquitos verdes y, en un costado, la bolsa de papas y la bolsa de carbón.

Mamá, por la mañana, abría don Gumersindo, el almacenero, le pedía que le dibujara en un cartón letras y algunas palabras simples. Mamá, como los pingüinos que llevan en la boca pequeños pececitos para sus crías que los esperaban en los nidos con los piquitos abiertos. En cada momento libre, Lola me daba mi primer juguete: un trozo puntiagudo de carbón que yo, con poco más de tres años, clavaba en el suelo palabra tras palabra: nene, mamá, hola, amo. Mis manos y mis ropitas negras, pero feliz. Mi juguete, ese pequeño juguete, fue el cimiento de mi amor por la lectura.

Leer y escribir nunca más fue una opción. Fue el comienzo por un camino con las suelas gastadas por el mundo. En el crepúsculo, ese pequeño carbón terminó escribiendo cuentos y poemas. Cada tarde, con buen tiempo, los vecinos sacaban a la calle las sillitas bajas. Tejían, chusmeaban, parecían familia. De esos momentos, Lola con su aguja de crochet tejió un globito, hermoso globito multicolor, lo rellenó con trapos viejos y surgió mi segundo juguete, pelota de trapo. Y fue el fútbol, deporte de amigos, que se convirtió todos los días en pelota va, pelota viene. Alpargatas rotas. Rasguños en los pies fueron los premios festejados como un mundial. Más, mucho más que juguetes, los pibes queríamos jugar. Cuando cumplí seis años, mi tía Filomena, que trabajaba en Pirelli, misteriosamente apareció en casa con un paquete envuelto con muchos papeles de diario. La Prensa, La Razón envolvían mi regalo. Todos me rodearon, algo único en la familia, mis manos temblorosas fueron tirando al suelo los pedazos de diario y ahí, como un sol, apareció mi tercer juguete: una pelota de goma, roja, a rayas, marca Pulpo que, seguro, era de segunda mano. Salí a la calle como loco. “¡Tengo la Pulpo, tengo la Pulpo!”. Vinieron todos los pibes del barrio y comenzó la danza con una pelota en los pies.

El tiempo es vida y la vida es tiempo. Durante largos años esa pelota de goma, mi juguete, fue mi tiempo, mi vida. Una tarde de verano mi pulpo se cayó en la casa de la planchadora, cara agria, amargada, casi bruja. Salió. Se paró en la puerta. En una mano, la pelota. En la otra, un cuchillo. Nosotros, los pibes mugrientos, paralizados. Nos mira. Me mira. Y sentencia: “a vos, Manolito, decile a Lola que no la rompo por ella”. Se acercó al borde de la zanja, donde había unos tubos preparados para traer el agua corriente y, en el primero que encontró como buena sádica arrojó la pelota. Antes de cerrar su puerta, disfrutó no ver más al primer amor de mi vida.

Todos los pibes con palos, ganchos, hasta con un viejo paraguas: imposible rescatarla. Chau, pelota. Nos sentamos en unas piedras, silencio, silencio de ausencia. El Negrito Vargas que en realidad era rubio, gritó: “¡Traigan tachos, tachos con agua, vamos, vamos!”. Paralizados por el dolor, pensamos que estaba loco. Juntamos tierra para llegar al borde del tubo. Empezamos a tirar como si fuera un incendio: agua y más agua dentro del tubo carcelero. Dos horas después, como cuando el sol pinta de luz al mundo, apareció sobre el caño nuestra querida Pulpo: volvía la felicidad a nuestras vidas. Tiempo después descubrí que siempre el amor trae dolor.

Aparecieron algunos juguetes pasajeros: bolitas, un balero olvidado en el colectivo de mi viejo, o jugábamos al bandido, golpeábamos la última puerta de la cuadra y salíamos corriendo.

Apenas pasados los ocho, conseguí un cajón de manzanas, le puse dos rulemanes del colectivo viejo de Manuel, y ese gran invento fue mi tercer juguete. Corría por el pasillo y por la tierra hasta quedar destrozado. Una tarde calurosa, mientras Lola dormía, fui al fondo. Trepé en la higuera, escondiéndome de los rayos del sol, junté las brevas y los higos comunes, puse hojas verdes en el carrito, depositando los frutos. Esperé el atardecer y salí a vender. Las señoras sentadas sonreían y, antes de llegar a Alberdi, tenía un peso con ochenta centavos. Le dejé el carrito a doña María y corrí hacia un cartel que decía “López Schivo compra y venta de libros usados”. Del cajón sobresalía una tapa roja, Sandokan, lleno de piratas. Esa noche fue sin límites esperando el final. Al otro día, sábado, después del colegio, llevé el libro a mi banco en el fondo de casa. Lo dejé sobre una piedra; con las manos, lo deposité en el suelo, dos enormes tomates arropados para no lastimarlo, les robé la caña que los sostenía. Le até un palito cerca de la punta y, con mi nuevo juguete, corrí al pavo preparado para Navidad, gritando: “¡Soy Sandokan, esta es mi espada vengadora!”. Con mis libros también di la vuelta al mundo en ochenta días, y, metido en una caja que me dio el almacenero, fui el Capitán Nemo salvando al Nautilus, de Julio Verne. Los lunes, porque era barato, el cine Alberdi acuñó mis sueños. Las películas de cowboys, Río rojo, Fuerte Apache y muchos otros. A la salida, todos los pibes montados en una escalera, tirábamos tiros como el sheriff para salvar a los buenos. Los días de calor fui Tarzán sólo con un pantaloncito subido a nuestra higuera y, con Pepe, mi mejor amigo, cubierto con arpillera, hacía de la mona Chita. Juguetes caseros, juguetes intensos, momentos felices.

Me convertí en un adicto de la lectura, muchos libros, algunos releídos, y cada vez me grababan cosas nuevas. La lectura, como la belleza, es un estado del alma. Nuestra casa, como todas las vecinas, tenían un fondo, solo separado por un alambre; ese verano, con once años, terminaba la primaria. Lola dormía la siesta y yo, con mi libro de turno, en el banquito, frente a la huerta, refrescándome de tanto en tanto con un jarro de agua y esperando que saliera el sol para ir a jugar a la pelota.

Levantó el jarro y una risa me sorprendió. La vecina sonriente, con sus altaneros trece años, vestido de algodón liviano, con flores amarillas: “Manu, siempre leyendo, ¿no te aburrís”. “No, la verdad, no. Dentro de un rato, mientras vos jugás a la rayuela, yo juego a la pelota”. La Tana (nunca supe su nombre), sin dejar de sonreír, suelta “¿no querés jugar a la escondida? Vino mi prima, que tiene nueve años, y no sabemos qué hacer…”. “La verdad es que no sé cómo se juega. Eso es de nenas”. “Yo te enseño. Es fácil. Mi prima cuenta hasta cien. Nosotros nos escondemos y si no nos encuentra, vuelve a contar”. No había terminado de hablar que me tiró el jarro con agua por la cabeza y, tomándome de la mano, susurró: “Vamos atrás de la conejera, ahí no nos va a descubrir nunca”. Corrimos. Me acosté boca abajo y mi cara mojada se llenó de barro. “¡Date vuelta tonto, yo me pongo arriba, así no te libra!”. Sentí a la Tana moverse sobre mi cuerpo, algo nuevo vibraba dentro de mí, algo distinto. La Tana, la Tanita sonriendo me sacó el barro del cuello, me dio un beso en la mejilla y dijo: “Vamos, mi prima va por el cuatrocientos”. Ese verano, jugamos a las escondidas de a dos unas cuantas veces más.

Casi sin darme cuenta, comprendí que el mundo se volvió vertiginoso. Sentí muy adentro, en mi cuerpo y en mi alma, que terminaba mi niñez. Que terminaban los juguetes. Fue una hermosa etapa de mi vida, pocas cosas en mi mano, pero mucho juego, diversión, felicidad. Con Lola, que me cuidaba.

Escribiendo estos recuerdos estoy seguro de que mis juguetes y mis juegos fueron el cimiento de mi salud mental y modelaron mi personalidad.  Gracias, vieja.

Empezaba el secundario, la universidad, los amores y los desamores, los nacimientos y las despedidas, el caminar siempre sin pensar en el tener, sin pensar en el poder, sin pensar en el gozar. Sentir que lo que hacemos vale la pena. Que hay esperanza.

Hoy, juntando las mustias hojas caídas, a pedido de Marcela, abrí el arcón de los recuerdos. Volví a la cajita verde, las dos o tres bolitas, las chapitas de Chicago, y las plumas del pavo que siempre van a estar en mi recuerdo. La vida duele, pero no se muere de dolor, son las huellas que nos ha dejado la infancia, las etapas que se van consumiendo, adolescencia, adultez, y lo que resta hasta el final de los tiempos.

Posdata: poema de José de Espronceda. “¿Por qué volvéis a la memoria mía / tristes recuerdos del placer dormido / aumentar la ansiedad y la agonía / de este desierto corazón herido?”.

Manuel López