Rincón de letras

Rincón de letras

El paisaje barrial como disparador de historias.

Una vez más le damos lugar a esta sección, dedicada a dar rienda suelta a la creatividad literaria de nuestros lectores. En esta oportunidad publicamos un cuento tan enigmático como atrapante narrado por la vecina Inés Vendramín, que invita a sumergirse en la historia de una pareja para adivinar presencias que son ausencias. “Un plato de sandías” se va desnudando en una atmósfera cada vez más densa que se recrea en torno a una pareja que decide viajar a la Costa para despejar la tristeza de un pasado reciente, pero no hace más que revolcarse en el mar de un dolor interminable.

De esta forma, aquellos lectores que deseen remitir sus escritos literarios a esta redacción –en formato de cuento, relato o poesía- para ser publicados en este espacio, podrán hacerlo vía mail a cdebarrio@hotmail.com o de manera postal a Rivadavia 10718 7º Piso Dpto. 34 (1408) Ciudad de Bs. As. El único requisito es que la historia transcurra en algún punto de nuestra entrañable geografía barrial.

Un plato con sandías

“Aunque los caminos de la búsqueda son numerosos, la búsqueda es siempre la misma”

Masnavi-Rumi

El sol tamizado de Liniers entraba por los vidrios del auto. Escapó, más allá, formó líneas que buscaron el encuentro en los árboles y, en continuos cambios, en muros de ladrillos, en casas altas o bajas… ahora en arboledas…

Unas horas después llegamos hasta el mar, a veces vago azulado -como hoy- por lo general incoloro. La niebla caía en anillos muy finos, había en el aire algo de humo y el aroma de las castañas calientes de un vendedor solitario, que en nada entorpecía el triste paisaje.

Caminamos desganados.

Llamó mi atención algo semienterrado en la arena.

– Tomá, es una moneda, te dará suerte –le dije a mi esposa. Me miró callada. Pensé: “Hoy no es día para pasear, está triste”.

– ¿Regresamos?

Un pájaro aturdido chocó de pronto contra el cristal delantero del coche; solté una palabrota. La ruta poceada, puteé de nuevo.

– ¿Qué te pasa? –preguntó sin interés.

Tentadoras sandías, adrede en lonas sobre la tierra, esperaban por compradores. “Llegó la yuta”, informó un vendedor, se hicieron señas entre ellos, recogieron rápido y se dispersaron. Un niñito quedó solo, sin saber qué hacer; nosotros tampoco. Detuve el auto en seco. Tenía la carita roja, tan roja como los trozos jugosos de sandía que vendía. La piel arrugada, no igual a la de algunos bebés al nacer, ni tampoco la de los viejos que veíamos en el trayecto con las palmas extendidas.

Temblaba ¿era frío o temor? Quién sabe cuántos amaneceres lo encontraron ahí parado, la mirada suplicante… “¡compre, por favor!”.

Abrí la puerta del coche, tomé su manito helada.

-¡Vení con nosotros, rapidito!

Mi esposa lo arrebujó con su misma manta y se durmió hasta que entramos en casa. El niño en mis brazos.

No hablaba, desconocíamos su nombre. Ella comenzó a llamarlo Agustín como nuestro querido hijo, que, de vivir, tendría cuatro años, lo calculado en el niño. El amor nos aferró.

Conozco a mi querida esposa, me preocupa. Va con Agustín a todos lados excepto a las verdulerías, teme que mire las sandías y recuerde.

– Mañana iré a comprar ropa para mi hijo, creció mucho –dice.

Perdió conciencia de la realidad: revisa fotos y compara.

– ¡Te digo que no murió! ¡Nuestro hijo está con nosotros! ¡Calláte! -me ordena, aunque estoy mudo.

Revuelve el cajón de la cómoda, saca un trencito, un rompecabezas, una pelota de paño.

Dice: “hijo, acá están”.

El niño sonríe desprovisto de alegría, la mirada en despedida.

Distante, mi esposa olvidó nuestros momentos felices. Por las noches vela el sueño del niño, a su lado. Aumenta su confusión.

– Cuando mi hijo duerme, me parece que recuerdo hechos que no sé si ocurrieron o los tengo en la mente y no son míos –solloza.

Me pregunto si tiene algún presentimiento; va a la habitación del niño. No está.

La ventana entreabierta: tajadas de sandías desparramadas, un plato hecho añicos por el piso. Deambula en su búsqueda. No queda casa sin espiar, ni cielos por recorrer, ni milagros por suceder.

Ella dice sin asombro: “A menudo mi hijo me acaricia, pero tengo que esperar para irme con él”. Yo la acaricio, despejo apenas su dolor.

Inés Lucía Vendramín