
El recuerdo del paisaje barrial a comienzos de los 60’ a través de los platos típicos de la época.
Mi mente se remonta a esa época feliz de la niñez donde todo lo bueno es posible sin demasiado esfuerzo. Estoy sentada al lado de mamá mirándola coser en su máquina Necchi para un sastre de Versailles, mientras papá trabaja en los Talleres Ferroviarios de Liniers. Cuando me aburro, camino hacia la puerta por un pasillo angosto y me quedo mirando la calle colgada como un mono de las rejas que me protegen del afuera. Al rato, en la vereda de enfrente, aparece mi amigo Manolito, un niño uno o dos años más grande que yo, hijo de españoles, que me hace títeres con una media. Me hace reír mucho imitando sonido de animales y muecas con la cara. A veces, a mis ojos infantiles, desaparece la media y se transforma en una criatura salvaje que además de hacerme divertir, no deja de asustarme. Entonces me vuelvo por el pasillo de baldosas dibujadas con flores y rombos y de pronto suenan los estruendos de los bomberos para llamar a la cuadrilla a apagar un incendio; mi madre alterada me dice “escondete debajo de la cama que vienen los aviones a bombardearnos”.
Pasado el difícil momento, se hace el mediodía y aparece mamá que me toma de la mano y nos cruzamos al almacén y negocio de ramos generales atendido por los padres de Manolito, Lola y Facorro. El almacén es una esquina de pueblo con ladrillos a la vista y pisos de listones de pinotea que se hunden cuando uno pisa. En un costado del negocio hay una tapa que es la puerta de un sótano donde se almacenan comestibles y se puede ver una escalera desvencijada y crujiente. El negocio tiene enormes bolsas de arpillera apoyadas en el piso con arroz, porotos, lentejas, harina y todo tipo de legumbres. Contra la pared hay una estantería con cajones de frentes vidriados donde se pueden ver surtido de galletitas, fideos, azúcar y yerba. El mostrador, de madera, lustroso de tanto uso, tiene un aroma ibérico penetrante. Me quedo hipnotizada al ver cómo Manola pone el azúcar sobre un papel de almacén gris claro y, desde las puntas, lo repulgaba como si fuese una empanada, dejando un paquete herméticamente cerrado, y en los borde los enrosca como un moño para regalo.
Al lado del almacén está el bar con pocas mesas, para los parroquianos que van a jugar a la brisca o al truco y se toman una ginebra. La comida del mediodía en casa es frugal: delicioso jamón crudo, queso fresco, nueces y algo de pan. A veces una sopa de Straccetti (harapos) con huevo revuelto, queso fresco y panceta en tiritas, o tiritas de masa que sobraron de la pasta, con abundante queso de rallar.
El domingo es distinto, el día mas relajado. Papá y yo vamos a Misa, a San Cayetano o San Antonio, la misma distancia para ir a una o a otra. Mamá se queda preparando la comida en una cocina compartida por varias familias italianas. Sólo las piezas son individuales; patio, baño y pasillo también son comunes. Se sortean los horarios para cocinar y ocupar el reino de las cacerolas y sartenes. La magia comienza cuando mamá hace una corona con harina sobre la mesa y pone dentro tres huevos y una pizca de sal. Primero mezcla todo suavemente, luego, con mano firme, empieza a amasar, y por último con el palo de madera estira toda la masa que queda dorada, elástica, y casi transparente. A veces la gira en el aire confundiendo a la gravedad porque parece flotar. Cuando llegamos, el tuco de un rojo intenso está en marcha. Hecho con tomates naturales, sal, pimienta, nuez moscada, cebolla, ajo, clavo de olor, laurel y un chorrito de vino. Si queda muy ácido, a veces una pizca de azúcar. Mientras bulle y se espesa, yo le agrego las albóndigas (polpette) de carne picada y aprovecho para mojar el pancito y revolver “con cuchara de madera únicamente”.
El domingo es un show de aromas y sabores que se pasean por el pasillo y entran en las habitaciones. Antes de comer los deliciosos y extraordinarios tallarines (tagliatelle) se sirve un antipasto conformado por naranjas, aceitunas negras, a veces cebolla, aceite de oliva, vinagre y sal. Una ensalada típica de la región de Le Marche. Otra comida típica es el hígado con cebolla y perejil, spaghettis con salsa de atún, fetas de milanesa (fettine) saltadas en aceite con ajo y perejil, polenta con forma redondeada (alla távola) con chupín de pescado y papas hervidas, y finalmente sardinas con cebolla, huevo duro, tomate fresco y morrón. La bebida de los mayores es un vaso de vino de damajuana y los menores, un dedo horizontal de vino “con soda hasta arriba”.
Luego de semejante comilona hacemos una reparadora siesta. Al despertarnos, un té de hierbas nos recompone el estómago, y nos disponemos a salir a caminar por el barrio y saludar a los vecinos. La famosa “vuelta a la manzana”. Allí cerca nos encontramos con la señorita Raquel, mi maestra particular, que me ensenó a hablar y escribir bien en castellano. Persona bella por dentro y por fuera. Con su padre Jaime, atienden la mercería nutrida con una gran cantidad de botones como nunca había visto antes; además venden lanas, telas y artículos de librería. Detrás del negocio, en la cocina, nos enseña a los chicos del barrio. Es amorosa y dulce con ésos niños salvajes de Ciudadela. Casi todos hijos de inmigrantes y también algún criollito. A veces nos convida con especialidades de su familia: knishes (pastelitos con papa y cebolla) o gefilte fish (pescado molido con cebolla y zanahoria). Cómo olvidar sus ojos llenos de lágrimas cuando le pregunté qué eran ésos números que tenía grabados en el brazo…
Volviendo del paseo me voy a jugar un rato a lo de mi amiguita Lucía de la misma vereda. Su casa, donde vive con su familia muy numerosa, es un rancho como los del campo, con paredes de adobe y techo de paja. En el fondo, su abuela tiene gallinas y creo que hasta un chancho. El abuelo, con cara bonachona y curtida por el sol, es un morocho de alguna provincia del norte, de manos enormes y generosas. Me dice “vení gringa a tomar un mate que es la bebida de los criollos”. Bebida totalmente desconocida para mí. Disfrutamos con mi amiga de los mates mientras su mamá nos trae un pan con manteca y dulce de leche ¡Ay! Dios mío ¿Qué es ese manjar tan rico que se llama dulce de leche? Nunca probé algo tan delicioso ¡No existe en ningún lugar del planeta! El Universo se lo pierde.
Con la boca llena de sabores, regreso a mi casa. A la tarde, cuando el sol se va despidiendo y la lamparita de la esquina titila para encenderse, todos los vecinos sacan sus sillas de mimbre y se sientan en la vereda; para contar recuerdos e historias, y penar nostalgias. Las voces de todos se enredan en una gran Babel. Algunas, venidas de tierra adentro, y otras en los barcos. A su manera dicen lo mismo. El barrio es una gran familia.
Silvana Capozucca Santandrea
