El barrio en los aromas del recuerdo

El barrio en los aromas del recuerdo

Un repaso por los olores y fragancias que definieron al Liniers de los años 60’ y 70’.

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)

Cada barrio se identifica -y a veces se diferencia de otros- por distintas particularidades, ya sea por sus edificaciones, sus calles, sus costumbres, pero también por sus olores. En efecto, en muchos casos, suelen ser una marca registrada de cada rincón porteño.

Se sabe que con el crecimiento del barrio, nacieron sus industrias y lógicamente por sus chimeneas brotaban esos aromas tan característicos. Liniers, claro, no fue la excepción, y en nuestra memoria quedaron impregnados esos “recuerdos olfativos” que cada tanto nos transportan a los años de la niñez y adolescencia.

De aquel entonces, recuerdo el fuerte olor a eucalipto de los parques de la avenida General Paz, ya que al vivir sobre la actual colectora, ingresaba a casa con fuerza en las tardes. Algo similar ocurría al recorrer los pasajes del barrio, donde cada árbol parecía desprender una fragancia especial. Y si bien en esa zonas no había industrias, sí hubo comercios que se identificaban por sus “fragancias”, en especial los almacenes y lecherías de las cercanías.

Pero si me transporto a mi adolescencia, ya en mi tercera y última casa en Liniers, allí el aire era invadido por distintos olores, que se ordenaban de acuerdo al avance de los días de la semana. Claro, vivía a la vuelta de la fábrica Guereño, y allí, lunes y martes el aire se inundaba con el olor a sebo, los miércoles con el fuel oil de sus calderas, el jueves (el mejor día) a jabón de tocador “Aduar”.

Pero aquellos no eran los únicos olores de la zona: del otro lado, sobre Caaguazú cerca de Lisandro de la Torre, el olor a bizcochitos de grasa recién horneados tentaba a más de uno desde la fábrica “Antares”. Algo más allá, siguiendo nuestro recorrido de olores y fragancias, en la calle Oliden hubo una fábrica de esencias que, les aseguro, perfumaba la cuadra entera. Por su parte, desde las ventanas del laboratorio de Carhué y Caaguazú, en sus orígenes brotaba un fuerte olor a medicamentos, mientras hace muchos años, en la esquina de Ramón Falcón y Montiel, en una antigua fábrica de cigarros y cigarrillos, desde sus sótanos partía un fuerte aroma a tabaco.

Otros de los recordados olores del barrio, sin dudas, fueron los de la ya desaparecida fábrica de snacks “Copetín”, en la esquina de Lisandro de la Torre y Ramón Falcón, que tomaban por sorpresa a cualquier transeúnte desprevenido con el invasivo aroma a papas fritas que emanaba desde el lugar.

Y ni que hablar de “la cuadra de las pizzerías”: Rivadavia entre José León Suárez y Montiel. Recorriéndolas, a medida que pasaba por la “Liniers” (luego “Latina”), “San Cayetano”, “Las Delicias” y “La Central”, era imposible no tentarse con esos olores a muzzarella o alguna empanada frita. Desde ya todas las panaderías del barrio desde la madrugada, se ponían de acuerdo para perfumar el ambiente con su delicioso aroma a pan y facturas recién horneadas.

Sin embargo, hubo un sitio donde se concentraban varios de aquellos olores, y fue el Mercado y Frigorífico Liniers. Recorriendo sus pasillos se percibía todo tipo de fragancias, desde los perfumados de las frutas, los fuertes de las carnes, hasta los dulces de los puestos de galletitas. Con el tiempo aquel sitio emblemático desapareció y aquel repertorio de aromas le dio lugar a las fragancias de las perfumerías del actual shopping.

En suma, esta galería de olores y fragancias barriales, me permiten recordar esos hermosos días de mi infancia y adolescencia en Liniers. Y vaya que no es poca cosa…

Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.

(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.

El barrio en los aromas del recuerdo

El barrio en los aromas del recuerdo

Un repaso por los olores y fragancias que definieron al Liniers de los años 60’ y 70’.

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)

Cada barrio se identifica -y a veces se diferencia de otros- por distintas particularidades, ya sea por sus edificaciones, sus calles, sus costumbres, pero también por sus olores. En efecto, en muchos casos, suelen ser una marca registrada de cada rincón porteño.

Se sabe que con el crecimiento del barrio, nacieron sus industrias y lógicamente por sus chimeneas brotaban esos aromas tan característicos. Liniers, claro, no fue la excepción, y en nuestra memoria quedaron impregnados esos “recuerdos olfativos” que cada tanto nos transportan a los años de la niñez y adolescencia.

De aquel entonces, recuerdo el fuerte olor a eucalipto de los parques de la avenida General Paz, ya que al vivir sobre la actual colectora, ingresaba a casa con fuerza en las tardes. Algo similar ocurría al recorrer los pasajes del barrio, donde cada árbol parecía desprender una fragancia especial. Y si bien en esa zonas no había industrias, sí hubo comercios que se identificaban por sus “fragancias”, en especial los almacenes y lecherías de las cercanías.

Pero si me transporto a mi adolescencia, ya en mi tercera y última casa en Liniers, allí el aire era invadido por distintos olores, que se ordenaban de acuerdo al avance de los días de la semana. Claro, vivía a la vuelta de la fábrica Guereño, y allí, lunes y martes el aire se inundaba con el olor a sebo, los miércoles con el fuel oil de sus calderas, el jueves (el mejor día) a jabón de tocador “Aduar”.

Pero aquellos no eran los únicos olores de la zona: del otro lado, sobre Caaguazú cerca de Lisandro de la Torre, el olor a bizcochitos de grasa recién horneados tentaba a más de uno desde la fábrica “Antares”. Algo más allá, siguiendo nuestro recorrido de olores y fragancias, en la calle Oliden hubo una fábrica de esencias que, les aseguro, perfumaba la cuadra entera. Por su parte, desde las ventanas del laboratorio de Carhué y Caaguazú, en sus orígenes brotaba un fuerte olor a medicamentos, mientras hace muchos años, en la esquina de Ramón Falcón y Montiel, en una antigua fábrica de cigarros y cigarrillos, desde sus sótanos partía un fuerte aroma a tabaco.

Otros de los recordados olores del barrio, sin dudas, fueron los de la ya desaparecida fábrica de snacks “Copetín”, en la esquina de Lisandro de la Torre y Ramón Falcón, que tomaban por sorpresa a cualquier transeúnte desprevenido con el invasivo aroma a papas fritas que emanaba desde el lugar.

Y ni que hablar de “la cuadra de las pizzerías”: Rivadavia entre José León Suárez y Montiel. Recorriéndolas, a medida que pasaba por la “Liniers” (luego “Latina”), “San Cayetano”, “Las Delicias” y “La Central”, era imposible no tentarse con esos olores a muzzarella o alguna empanada frita. Desde ya todas las panaderías del barrio desde la madrugada, se ponían de acuerdo para perfumar el ambiente con su delicioso aroma a pan y facturas recién horneadas.

Sin embargo, hubo un sitio donde se concentraban varios de aquellos olores, y fue el Mercado y Frigorífico Liniers. Recorriendo sus pasillos se percibía todo tipo de fragancias, desde los perfumados de las frutas, los fuertes de las carnes, hasta los dulces de los puestos de galletitas. Con el tiempo aquel sitio emblemático desapareció y aquel repertorio de aromas le dio lugar a las fragancias de las perfumerías del actual shopping.

En suma, esta galería de olores y fragancias barriales, me permiten recordar esos hermosos días de mi infancia y adolescencia en Liniers. Y vaya que no es poca cosa…

Hasta la próxima y muchas gracias por permitirme compartir estos recuerdos con ustedes.

(*) Aresse Tomadoni es director general de “Relatos del viajero” y “Épocas del mundo” que se ofrecen a través de Youtube.