Celebrar, con una mueca de tristeza

Celebrar, con una mueca de tristeza

Con esta edición de mayo, Cosas de Barrio celebra sus 37 años de labor periodística en las calles de Liniers y Mataderos. Treinta y siete años pasaron desde que el 25 de mayo de 1989, las páginas de este medio recorrieron por primera vez la geografía local y se toparon con las manos ávidas de lectores y vecinos que, desde entonces, nos reciben mensualmente con los brazos abiertos y la misma calidez de aquella primera vez.

Que un periódico barrial se mantenga vigente y siga sumando lectores en plena era digital es, sin dudas, todo un logro, y si a eso se le suma la avidez de los lectores por recibirnos mes tras mes en sus hogares, y el cariño y el apoyo que nos demuestran en sus cartas, mails y comentarios en redes sociales, la ecuación es perfecta.

Sin embargo, aunque como en todo cumpleaños sea propicio -y necesario- el festejo, en esta oportunidad el complejo contexto social que nos rodea no nos permite celebrar con la sonrisa que tamaño aniversario, por definición, ameritaría.

Ocurre que el barrio, o sea sus instituciones y su gente -en otras palabras, nuestro ámbito de pertenencia- está sufriendo las consecuencias del ajuste. Un ajuste que no conoce límites y que deja a su paso secuelas sumamente dolorosas para cualquier ciudadano “de bien”, que se haga carne y se compadezca del dolor del otro. Porque lejos de alentar la generación de empleo y revalidar los derechos adquiridos, el gobierno de Javier Milei parece solazarse con el dolor ajeno. Dolor que generan sus políticas de mercado que, en su afán de terminar con el déficit, rozan el sadismo, le apuntan al corazón de la gente y hacen equilibrio al filo de la democracia.

Los ejemplos -lamentablemente- sobran. Desde el desfinanciamiento a las universidades públicas -incumpliendo una ley aprobada por el Congreso- hasta el recorte de presupuesto a la salud (con quitas millonarias al Instituto de lucha contra el cáncer, el Incucai, el Programa de acceso a medicamentos, la prevención de enfermedades infecciosas, etc.) pasando por el vaciamiento encubierto del Conicet y sus importantes investigaciones científicas y el completo desguace de la industria nacional, a la que condenaron a una muerte lenta pero inexorable, son apenas una muestra de lo que este gobierno desaprensivo es capaz de hacer.

Y el barrio, claro, no está ajeno a esa realidad. Caminar por sus centros comerciales y toparse con decenas de locales con las persianas bajas y el cartel de “se alquila” ya parece haberse transformado en una constante. Tanto como escuchar las historias de vecinos que han perdido su trabajo y hoy deben apelar a la informalidad de un servicio de reparto para paliar la crisis; o las de quienes, a pesar de todo, aún lo conservan, pero el sueldo ya no les alcanza y viajan diariamente como ganado en un transporte público impiadoso y cada vez más caro.

Y qué decir de aquellos a los que no les queda ningún escalón por bajar en la pirámide social. Aquellos que ya lo han perdido todo y apenas les cabe refugiarse en el frío cemento de las calles para apelar al corazón enorme de tantos otros que, lejos de resbalarle, se apiadan del dolor ajeno y hacen gala de su inacabable espíritu solidario.

Y mientras la incansable motosierra arrasa con todo a su paso, el ajuste parece hacer oídos sordos en aquellos sectores acomodados, a los que el gobierno protege y alimenta sin excepciones. Entonces opta por aplicar profundas rebajas impositivas en la adquisición de autos de alta gama, reduce la carga impositiva a los bienes personales, les quita impuestos a las empresas extranjeras que deseen invertir en nuestro país -y llevarse suculentos dividendos-, y hasta incrementa considerablemente el presupuesto de la Secretaría de Inteligencia del Estado.

Por todo eso, nos cuesta celebrar. Pero eso sí, al menos queremos invitarlo a alzar las copas y brindar por la esperanza. Para que nuestro pueblo despierte del letargo y que la alegría vuelva a reinar en nuestras calles.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

(cosasdebarrio@hotmail.com)