El dolor transmutado en profecía y el persistente clamor por la justicia marcaron el pulso de una jornada histórica en el límite de Villa Urquiza con Belgrano R. Al cumplirse el 50° aniversario de la Masacre de San Patricio, la comunidad eclesiástica local, junto a diversas organizaciones de derechos humanos, se congregaron el sábado 4 de julio para honrar la memoria de las víctimas y renovar de forma enérgica el reclamo judicial por uno de los crímenes más cruentos perpetrados contra la Iglesia católica argentina bajo el yugo del terrorismo de Estado.
Por redacción ParqueChasweb
Los actos conmemorativos comenzaron temprano por la mañana, cuando una emotiva procesión comenzó a abrirse paso desde la estación de subte Mártires Palotinos con destino al templo parroquial. Las columnas de manifestantes avanzaron a paso firme portando estandartes y retratos de los religiosos asesinados. La marcha detuvo su marcha frente a la ex Comisaría 37ª de la Policía Federal, un punto crítico del recorrido donde los integrantes del colectivo Palotinos por la Memoria, la Verdad y la Justicia alzaron la voz para denunciar que los efectivos de dicha seccional participaron activamente en la liberación de la zona y en el posterior encubrimiento del múltiple crimen. Allí, entre consignas y oraciones, se reiteró la exigencia del pronto avance de la causa penal que investiga los hechos.
Hacia el final de la tarde, el epicentro de la recordación se trasladó al interior de la iglesia, que lucía completamente colmada por fieles y delegaciones civiles. Sacerdotes palotinos llegados desde distintas latitudes del mapa concelebraron un oficio religioso de profunda carga espiritual, presidido por el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva. El prelado conmovió a los presentes con una homilía cargada de interpelaciones directas a la realidad actual y de una profunda memoria agradecida hacia la entrega de los hermanos ausentes.
García Cuerva rescató de las páginas de la historia un hallazgo estremecedor ocurrido tras el crimen: entre el desorden de la habitación de las víctimas, se encontró el texto de la última homilía que el padre Pedro Dufau había escrito para la mañana de aquel trágico 4 de julio de 1976 y que nunca llegó a pronunciar. «Si Dios permanentemente habla en la historia de los pueblos y de cada hombre, no es menos cierto que todos sabemos encontrar la forma de no escucharlo», citó el arzobispo, vinculando ese mensaje con la liturgia del día.
En su disertación, el jefe de la arquidiócesis recordó que en el año del crimen el agobio social se traducía en miedo, persecuciones y silencios impuestos por la violencia civil. Señaló que los religiosos estaban ciertamente agobiados, pero no por el desánimo personal, sino por el dolor de su propio pueblo. Eligieron no mirar para otro lado y decidieron cargar con las aflicciones de una Argentina que se desangraba. Su delito fue pregonar el Evangelio a destiempo, defender la vida y la dignidad humana, sentenció con firmeza, al tiempo que evocó la célebre frase del entonces cardenal Jorge Bergoglio: «Juntos vivieron y juntos murieron».

Los cinco palotinos entendieron que el verdadero alivio no era la indiferencia de quien se encierra a ver la realidad por los medios de comunicación; porque el alivio que promete Jesús se experimenta cuando, aún cansados, entregamos la vida por una causa más grande que nosotros mismos, puntualizó Monseñor García Cuerva. Alfredo Leaden, Pedro Duffau, Alfredo Kelly, Salvador Barbeito y Emilio Barletti encontraron su alivio en los brazos del Padre, siendo testigos de la paz y la justicia, coherentes en la entrega hasta el final.
El arzobispo advirtió sobre los peligros contemporáneos, señalando que medio siglo después el agobio suele disfrazarse de impunidad, de olvido o de una marcada indiferencia social frente al dolor ajeno. Criticó fuertemente las dinámicas actuales que aíslan a las personas en burbujas de individualismo o en las grietas ideológicas que separan a la comunidad, y aseguró que el único alivio fecundo para una sociedad nace de una reconciliación fundada taxativamente en la verdad y en la justicia.
Haciendo referencia a la profecía de Zacarías sobre un rey humilde y desarmado, García Cuerva destacó que los padres Alfredo, Pedro, Alfi y los jóvenes estudiantes Salvador y Emilio entendieron a la perfección esa lógica no violenta. Recordó que ellos no creían en el mesianismo de las armas ni de la opresión, sino que su única trinchera fue la parroquia, el altar, el confesionario y el estrecho lazo con los sectores más vulnerables de la sociedad.
Al momento de realizarse las tradicionales ofrendas, los representantes de Palotinos por la Memoria hicieron entrega formal al arzobispo de una placa conmemorativa destinada a ser colocada de forma permanente en el memorial de la parroquia. Con este gesto simbólico y la ratificación del compromiso comunitario, concluyó una jornada donde las lágrimas derramadas buscaron fertilizar el suelo de una nación que, tras cincuenta años de espera, sigue clamando por la plena aplicación de la justicia.

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