Comer o no comer, esa es la cuestión

Comer o no comer, esa es la cuestión

Todavía faltan algunos minutos para las 7 de la tarde, pero la noche ya se adueñó del paisaje linierense desde hace una hora larga. El manto de nubes grises le había dado a la tarde un aspecto sórdido, que el encanto de la noche cerrada de julio se encargó de enfatizar. No llueve, pero cualquiera se daría cuenta de que no falta mucho para que las primeras gotas hagan brillar el empedrado de Cuzco, allí donde Liniers comienza a vestirse de Versailles.

Sobre la vereda par, frente al enorme obrador que quedara como herencia del malogrado soterramiento del Sarmiento, una larga fila de almas se extiende hacia Amadeo Jacques. Hombres y mujeres de diversas edades se recuestan sobre el paredón adornado con imágenes de San Cayetano, a la espera de que el comedor comunitario abra por fin sus puertas y entonces el hambre se transforme en un mal recuerdo, al menos hasta el día siguiente. Unos esconden sus manos en los bolsillos y otros se las refriegan para disimular el frío -húmedo, acuciante, impiadoso- y atenuar la espera. Muy pocos hablan, como si quisieran ahorrarse el aliento para derrocharlo sin miramientos junto al plato humeante y compartido de guiso caliente.

Puntualmente, como siempre, la puerta negra de hierro de Cuzco 220 comienza a entornarse y la fila avanza lenta e incesantemente, hasta que la abertura se la traga por completo pocos minutos después. Una vez dentro, todo comienza a revertirse: el frío se convierte en calidez, el silencio se disuelve en palabras, la tristeza se redime en esperanza, y el hambre -sí, el hambre en todo su esplendor en el mismísimo granero del mundo- dejará mágicamente de doler en las entrañas cuando un cucharón portado por manos amables se extienda generoso en la inmensa geografía de un plato hondo.

Los largos tablones esparcidos en el comedor rebalsan de gente. La capacidad del salón no da abasto y algunos optan por ubicarse en algún rincón del pasillo, donde también reciben su plato de comida, que servirá para borrar por un instante la pesadilla de la calle.

Las cifras que ofrece el Servicio Social del Santuario de San Cayetano son tan duras como elocuentes: actualmente el comedor está ofreciendo un promedio de 800 viandas diarias. La gran mayoría de quienes se acercan a recibirlas se sumó en el último tiempo. Muchos optan por quedarse en el salón comedor y otros tantos -especialmente quienes integran grupos familiares o aquellos que no pueden movilizarse- prefieren retirar las porciones. “Hemos vuelto a tocar los techos de las viandas que se repartían durante la pandemia”, precisa el párroco, Lucas Arguimbau.

En cualquier caso, es cada vez mayor el número de personas que depende del comedor comunitario de San Cayetano. “En parte porque cerraron varios comedores y merenderos de este tipo, pero fundamentalmente por la acuciante situación económica por la que estamos atravesando”, arriesga uno de los voluntarios, mientras revuelve la olla.

Más allá del de San Cayetano -el más populoso y concurrido desde hace casi medio siglo- no son muchos los comedores comunitarios que quedan en la zona. En abril pasado, por disposición del Gobierno porteño, dejó de funcionar el de “las siete esquinas”, de Juan B. Alberdi y Escalada, que desde hacía dos décadas les brindaba un plato de comida caliente a quienes más lo necesitaban.

La mayoría de los visitantes que se acercan al comedor comunitario de San Cayetano son personas en situación de calle, que además de recibir un plato de comida, retiran ropa, calzados, frazadas y hasta colchones, gracias al apoyo de Cáritas y de muchos fieles y vecinos. “Tratamos de que, además de salir con la panza llena, se lleven la satisfacción de haber compartido un momento grato para el espíritu”, explica el voluntario. Tanto él como el resto de sus colegas, saben que la pobreza y la indigencia se miden con el corazón.

Ya son casi las 8. El comedor se va vaciando lentamente. Afuera llueve y la noche sigue tan fría y cerrada como entonces. Mañana será otro día.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

(cosasdebarrio@hotmail.com)