El día que nació la cuadrícula: cómo Juan de Garay repartió los barros fundacionales de Buenos Aires

El día que nació la cuadrícula: cómo Juan de Garay repartió los barros fundacionales de Buenos Aires

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El 11 de junio de 1580, el explorador vizcaíno lideró la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires. Al mando de una expedición compuesta por sesenta soldados y unas pocas mujeres, la mayoría de ellos criollos y mestizos nacidos en América que habían partido desde Asunción del Paraguay por tierra y agua —utilizando la carabela San Cristóbal y balsas guaraníes—, Garay bautizó al asentamiento como Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre.

 

El gran objetivo de esta gesta histórica era establecer un puerto estratégico que conectara el océano Atlántico con el Alto Perú, asegurando el control territorial de la Corona española y poniendo fin a la dependencia de la hegemonía peruana. En los terrenos altos que hoy ocupan la Plaza de Mayo y el Cabildo, el precario asentamiento inicial era poco más que un puñado de tiendas y voluntades dispuestas en la inmensidad de la llanura pampeana. Juan de Garay entendía que para que una ciudad existiera, primero debía ser dibujada, por lo que en octubre de 1580 procedió a una de las tareas más trascendentales de la historia rioplatense: el reparto de los solares que determinarían, para siempre, la fisonomía de la futura metrópolis.

A diferencia de la trágica primera fundación de Pedro de Mendoza en 1536, que estuvo marcada por el hambre y los ataques nativos, esta segunda intentona prosperó gracias a la adaptación local, la ganadería traída desde Santa Fe y la integración con las poblaciones indígenas de la zona. El proceso de ordenamiento comenzó a cobrar forma legal el 17 de octubre de 1580, mediante un auto civil donde Garay ordenó formalmente la distribución de la tierra. El fundador no solo pensaba en el ejido urbano; en aquel documento dejó asentado que se debían entregar cuadras fuera de los límites de la ciudad para los indios de servicio, así como tierras suficientes para los trabajos agrícolas y la cría de ganados. Una semana después, el 24 de octubre, el Acta de Repartimiento dejó sellado el destino de aquellos pioneros que recibieron las primeras porciones de suelo porteño.

Para ordenar el trazado de los terrenos, se diseñó una cuadrícula perfecta inspirada en reglas análogas a las de las antiguas ciudades de Grecia que daban frente al mar. Esta elección estética y arquitectónica no fue casual; confirmaba la obsesión de Garay de que este poblamiento sirviera como la gran «puerta de la tierra», el puerto definitivo de entrada hacia las riquezas del continente. El plano original, copiado más tarde por orden del Cabildo, proyectaba 144 manzanas de 140 varas de largo por cada lado, separadas rigurosamente por calles de 11 varas de ancho, tomando como medida la vara castellana de 0,835 metros.

De ese total, el fundador destinó 45 manzanas, divididas en su mayoría en cuartos, para los solares urbanos. El mapa original situó estas parcelas en un rectángulo delimitado por la barranca del río al este, las actuales calles Salta y Libertad al oeste, la calle Viamonte al norte y la avenida Independencia al sur, abarcando arterias que hoy conocemos como 25 de Mayo, Balcarce, Chile, Bolívar, Venezuela, Perú, Alsina, Chacabuco, Maipú, Lavalle y San Martín. Aquel plano fundacional encierra un misterio histórico. El documento gráfico donde consta el primer reparto carece de la firma de Garay. Los historiadores sostienen que es muy factible que haya sido confeccionado durante su ausencia, mientras el fundador viajaba hacia Santa Fe, trayecto en el cual fue emboscado y muerto por los aborígenes. Esto explica por qué, mientras el acta de adjudicación data de octubre de 1580, el plano final fue fechado recién en el año 1583.

A partir de esos primeros solares urbanos, donde el nombre de cada beneficiario quedaba claramente asentado en los registros, el diseño se expandió hacia la periferia. Primero se adjudicaron las huertas, extendiéndose hasta las actuales calles Cochabamba, Salta-Libertad y Arenales, consolidando un frente de 25 cuadras que marcaba el ancho total del ejido. Hacia el interior de la provincia, este espacio común se estiraba una legua entera, alcanzando de manera aproximada las actuales avenidas La Plata y Río de Janeiro.

Más allá, donde la civilización empezaba a desdibujarse, se repartieron las suertes de chacras, que contaban con frentes de entre 350 y 500 varas. El reparto comenzaba desde la chacra de Luis Gaitán, sobre la calle Arenales, y la ermita de San Sebastián, en las inmediaciones de la actual Plaza San Martín, y se extendía en dirección al norte hasta San Fernando. Las primeras diez parcelas colindaban directamente con el límite del ejido, mientras que las siguientes ganaban una legua de fondo hacia la pampa. Finalmente, en las zonas más alejadas, Garay dispuso la entrega de estancias, que se esparcieron desde el Riachuelo hacia el sur hasta Santa Ana, en el arroyo Tubichamini a los 35° S y 57° 35′ O, así como en las geografías agrestes del río Luján, la Cañada de la Cruz y el Paraná de las Palmas.

La elección del terreno para la traza urbana no había sido azarosa. Garay ubicó la ciudad en una porción de tierra alta, protegida naturalmente entre dos zanjones o «terceros» por los que desaguaban los bañados del interior. Hacia el sur corría el Zanjón de Granados, que bajaba diagonalmente desde Constitución para desembocar a la altura de la calle Chile. Hacia el norte se encontraba el Zanjón de Matorras, el cual bordeaba la actual calle Viamonte y, tras un recorrido zigzagueante, entregaba sus aguas al río a la altura de la calle Tres Sargentos.

Casi tres décadas después de la muerte del fundador, a fines de 1608, el gobernador Hernandarias presidió la primera mensura oficial de Buenos Aires para dar orden definitivo al crecimiento de la aldea. Aunque el plano original de esa campaña no sobrevivió, se conserva una copia fiel dibujada en 1792 por el piloto agrimensor Manuel Ozores. En ese mapa se detalla la planta de 25 cuadras de frente, su ejido y las parcelas rurales distribuidas hasta el río de Las Conchas. El documento de Ozores ilustra además la fisonomía de la primitiva boca del Riachuelo, por donde debían ingresar las embarcaciones maniobrando a un tiro de cañón desde la zona de Retiro, antes de que el cauce comenzara a cegarse y el río abriera una nueva salida hacia el sudeste a través de la llamada Boca del Trajinista.

 

 

El registro catastral que dejó Garay constituye una verdadera radiografía social de los primeros habitantes de Buenos Aires. Las manzanas estaban rígidamente asignadas en cuadrantes. En la manzana uno, los solares fueron entregados a Antonio Hernández Barrios, Rodríguez Gómez, Hernando Ximénez, José de Sayas, Sebastián Hernández, Gerónimo Martín, Felipe Navarro, Francisco Pantaleón, Miguel Corro, Antonio Higueras y Pablo Cimbrón. En la manzana dos figuraban Juan de Melo Cuitiño, Andrés Vallejos, Andrés Mendoza, Miguel Navarro, Pedro Yabrán, Juan Martín, Alonso Gómez, Juan de Garay (el mozo), Juan de España, Lázaro Griveo, Esteban Alegre, Cristóbal Altamirano, Alonso Parejo y Fernández Molias.

La distribución continuaba en la manzana tres con parcelas para Juan de Melo Cuitiño, Pedro de la Torre, Domingo de Irala, Baltasar de Carvajal, Juan Fernán de Zárate, Bernabé Veneciano, Pedro Álvarez Gaitán, Alonso de Porras, Sebastián Bello, Pedro Rodríguez, Francisco Hernández, Pedro Hernández, Juan Rodríguez y Gerónimo Martínez. La manzana cuatro quedó habitada por vecinos como Gerónimo Pérez de Arce, Pedro de Medina, Miguel López Madera, Rodrigo de Ibarrola, Pedro de Ysarra, Pedro de Sayas Espeluca, Antonio Bermúdez, Pedro de Quiroz, Miguel Gómez, Gerónimo Pérez, Juan de Basualdo, Pedro Morán, Víctor Casco de Mendoza y Antonio Roberto.

En la quinta cuadra se asentaron Antonio Fernández de la Mota, Pedro Franco, Juan de Carvajal, Lorenzo Juan de Figueroa, Luis Gaitán, Juan Fernández de Enciso, Diego de la Barrieta, Pedro Xerez, Antonio Higueras, Pedro Capacho, Gerónimo Martín, Juan Domínguez, Hernando de Mendoza y Juan Ochoa Márquez. La manzana seis presentaba subdivisiones compartidas por Francisco Martín Lenguas, Pedro Luís, Alonso Escobar, el propio General Garay, Rodrigo Ortiz de Zárate y Gonzalo Martel de Guzmán, junto a parcelas multifamiliares asignadas a Antonio Hernández, Francisco Martínez, García Pérez de Arce, Francisco Berna, Juan de Torres Navarrete, Juan Ramos, Juan Méndez y los hijos de Miguel Gómez, Olarte y Juan Domínguez, además de incluir a la única mujer mencionada en la traza urbana: Ana Díaz.

La complejidad de las subdivisiones aumentaba en la manzana siete, donde convivían Juan González, Juan Basualdo, Felipe Navarro, Pedro Isbrán, Mateo Sánchez, Gaspar Hernández, Antonio Caro, Domingo de Irala, Alonso Gómez, el Piloto Mayor, Antonio Bermúdez, Pancracio, José Arias Alberto, José Sayas Espeluca, Pedro Álvarez Gaitán, Domingo de Arcamendia, Juan Fernández de Enciso, Luis Gaitán, Juan Márquez de Ochoa, Rodrigo de Ibarrola, el edificio del Cabildo y Cárcel, Diego de la Barrieta, Pedro Morán, Juan de Carvajal, Hernando de Mendoza, Víctor Casco de Mendoza, Sebastián Bello, Andrés Vallejo, Esteban Bello, el cuñado de Víctor Casco, Luis González, Ambrosio de Acosta, Francisco Pantaleón, Juan de España, Juan de Ortigosa, Julián Pavón, Cosme Fabián y Hernando de Enciso.

En la manzana ocho, el centro cívico y espiritual de la joven urbe quedaba establecido formalmente. Allí se reservaron los terrenos para la Plaza Mayor y la Iglesia Mayor. A su alrededor, los solares urbanos pertenecían a Juan González, Juan Muñoz Rosa, Gaspar Méndez, Rodrigo Gómez, Martín Pérez, Antonio Lisa, Cristóbal Navarro, Gaspar Salazar, Quevedo, Andrés Méndez, Juan Martínez, Pedro Ruiz, Pedro Medina, Pedro Franco, Bernabé Veneciano, Pedro de Ysarra, Pedro de la Torre, Pedro Capacho, Baltasar Carvajal, Pedro Quiroz, Alonso Escobar, Pedro de Xerez, Lorenzo de Figueroa, Alonso Vera (el mozo), Alonso Vera (el viejo), Lázaro Griveo, Esteban Alegre, Gerónimo Martínez, Pablo Cimbrón, Antonio Roberto, Pablo Rodríguez, Francisco Bernabé, Alonso Parejo, Miguel Navarro, Pedro Ysbrán, Miguel Gómez, Miguel del Corro, Gerónimo Pérez, Juan Basualdo y Francisco Bernal.

El reparto culminaba en la manzana de cierre, donde Garay consolidó el poder político, militar y religioso de la colonia. En este cuadrante se dispuso el terreno para el Adelantado y el Fuerte, además de parcelas para la Iglesia de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, la Iglesia de San Francisco, el Convento de Santo Domingo y el Hospital San Martín. Los solares privados de esta zona de la manzana nueve quedaron en manos de Antonio de Porras, Gerónimo Martínez, Pedro de Irala, Francisco Álvarez, Pablo Berdin, Antonio Higueras, Francisco Muñoz, Juan Gaitán, Alonso Gómez, Domingo de Irala, Juan Hernando de Zárate, Rodrigo Ortiz de Zárate, Bernardo Díaz, Miguel Madera, el General Juan de Garay, Gonzalo Martel, Juan de Garay (el mozo), Juan Ruiz de Ocaña, Pedro Morón, Cristóbal Altamirano, Esteban Ruiz, Domingo de Arcamendia, Pedro Morán, Pedro Díaz y Pedro de Luque. Con ese plano y aquella firme refundación, Buenos Aires empezó a caminar definitivamente la historia.

 

 

(Plano de la ciudad de Buenos Aires, en esa época Buenos Ayres, en 1713. En el texto a la derecha, En lenguaje moderno: «Planta de la ciudad de Buenos Aires contadas sus cuadras, iglesias y conventos y la fortaleza que al presente tiene con la parte del Río de la Plata que le corresponde y las cosas más particulares que hoy tiene- Delineado por Jose Bermudes Sargento mayor de este presidio- Ingeniero de esta provincia por su Majestad. AÑO DE 1713.»

Literalmente: «Planta de la ciudad de Buenos Ayres contadas sus quadras, iglesias y conbentos y la fortaleca que al presente tiene con la parte del Río de la plata que le coresponde y las cosas mas partículares que oy tiene- Diliniado por Jose Bermudes Sargento mayor deste presidio- Inginiero desta probincia por su Magestad. ANO DE 1713.»)

Feliz día, vecinos!

 

 

 

 

 

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