En estos días, vienen apareciendo en la Argentina, múltiples declaraciones, artículos periodísticos y todo tipo de informaciones, referidas a las nuevas formas de la violencia en las escuelas, con amenaza de disparos de armas de fuego, , sumadas a las prácticas de bullyng que las antecedieron, en dichos ámbitos.
Por Roberto Horacio Orden
Las redes sociales, han sido el vehículo privilegiado junto con pintadas en los muros escolares, para sembrar temor, sobre futuras acciones violentas, por concretarse dichas instituciones.
El total de las advertencias y amenazas, no se puede comparar con los contados casos de situaciones violentas ejecutadas efectivamente, al interior de dichos ámbitos.
En cuanto a las interpretaciones de lo que debiera hacerse y las metodologías a seguir, en función de lo expuesto, las voces profesionales y no profesionales, sugieren propuestas referidas a no simplificar las acciones correctivas al eje punitivo, privilegiar la palabra y la escucha, gestionar protocolos y guías de actuación para reaccionar con celeridad, con el epicentro puesto en la actuación de los directivos y del staff docente de las instituciones educativas donde se producen, a fin de evitar que los daños se profundicen y extiendan en todo el territorio de la comunidad educativa.
Cabe aclarar que al día de hoy la gran mayoría de nuestras instituciones (la familia, la justicia, la salud, la educación, el club, incluyendo al propio Estado) debieran funcionar como el espacio donde el lazo social se pueda materializar.
Razón por la cual, los pactos institucionales correspondientes a cada una de ellas, como es el caso de la escuela, otorgan sentido y legitimidad a dicha vinculación.
Importa visibilizar lo que viene ocurriendo con los contratos implícitos en el ámbito educativo.
La escuela es una institución que que la fecha, sufre un importante agotamiento de los aspectos inherentes a su contrato con la sociedad, habiendo nacido para civilizar, organizar, proveer al ascenso social, favorecer la integración y la homogeneización social. Pero hoy la escuela conserva la retórica de la «igualdad» y el «progreso», pero en la práctica funciona a menudo como un dispositivo de mero contención social.
Cuando la acreditación educativa ya no garantiza un empleo estable o una mejora en la calidad de vida, el contrato se rompe. Los alumnos y los docentes sienten que son parte de un simulacro, donde cumplen el horario, pero no sucede el hecho educativo, en su doble componente pedagógico y paidético.
Ante tales desfasajes, un gran analista institucional como Fernando Ulloa decía que se producía en esos casos, en toda institución, un fenómeno universal que denominaba el SVI Síndrome de Violentación Institucional con perjuicios diversos para todos los sectores que con antelación fueron signatarios de su contrato, y la inevitable generación de perjuicios, en ocasiones perdurables, para los actores implicados.
Por ello es que surgen las famosas pasiones tristes, a través de sentimientos de bronca, falta de esperanzas, violencia, cansancio, tristeza, agudización de trastornos somáticos, como algunas de sus principales consecuencias.
Ulloa señalaba que la superación del SVI pasaba por una auténtica puesta en valor del pacto institucional, a partir del reconocimiento del SVI lo que debía implicar una triple apelación.
Convocatoria a la inteligencia puesta al servicio del darse cuenta, a la ternura como capacidad de miramiento de los otros y a la conformación del sujeto ético desde una encarnadura relacional y política. Para no caer en un terreno hipotético o del mero deber ser, compete formular, nuevas preguntas, con renovados análisis, sobre hechos, que previamente deben de ser definidos, como complejos, sumando necesariamente, la participación de otros actores, comprometidos con el devenir de esta institución
Ocurre que los problemas que se analizan también participan de las influencias, recíprocas , de otros movimientos de capas tectónicas de mayor poder, entre cuyas consecuencias deviene la promoción de distintas formas de violencia, que hoy asolan nuestra sociedad.
El problema de la violencia escolar no puede ser representado como un fenómeno aislado o «psicológico» de los jóvenes, sino como un síntoma sistémico. Y lo que ocurre en las aulas es la caja de resonancia de una lógica macro que ha colonizado casi todos los ámbitos del lazo social.
En medio de una época donde el individualismo y la competencia son los valores de referencia, a mano alzada, surgen múltiples y diferentes factores que interaccionan, pudiendo destacarse que el modelo de discusión política ejercido desde el más alto nivel de gobierno se desplaza desde el diálogo y la ley hacia la fuerza y la humillación del otro, por lo cual, los sujetos en formación (los alumnos) no hacen más que reproducir esa dinámica.
En un contexto nacional e internacional el más fuerte o el que más grita es quien obtiene validación, la violencia escolar deja de ser un exabrupto para convertirse en una herramienta de posicionamiento, pseudo protección y reconocimiento social.
Aquel que no se siente alguien a través del saber o del reconocimiento institucional, busca serlo a través del miedo que infunde.
Y si el otro es visto como un competidor o un obstáculo en la lucha por la supervivencia (preeminencia del más fuerte), la empatía desaparece y el ataque preventivo se vuelve una estrategia lógica, con el resulta inevitable del quiebre de la alteridad.
No todo puede depender de ampliar los dispositivos de control (cámaras, requisas, sanciones), ya que estos solo alimentan la lógica de la fuerza y tampoco existen procedimientos aplicables para todas las situaciones.
Las políticas vigentes en nuestro país vienen ponderando, en lo económico, el equilibrio en las cuentas públicas a costa de un ajuste cuyos principales perjudicados son sectores vulnerables de la sociedad (en los campos de la seguridad social, discapacidad, educación y salud entre otros).
Al mismo tiempo as Fuerzas Armadas de Argentina protagonizan un proceso de rearme vertiginoso no visto durante todo el lapso de recuperación de la democracia argentina.
Y la Argentina decidió aliarse con una de las potencias más prepotentes de los últimos tiempos, aspirando, a salir campeón mundial de fútbol en el certamen organizado por dicho país.
Los ídolos deportivos del fútbol junto con los elencos técnicos que los dirigen y personas destacadas de otras disciplinas , se proponen y son propuestos como modelos de identificación para los niños y los jóvenes, ocupando continuas tandas de publicidad, pero paradojalmente, en sus exposiciones mediáticas, abundan los juegos de apuestas deportivas digitales, el consumo de comida chatarra y también de bebidas alcohólicas, con efectos poco alentadores para las mentalidades de personas en formación.
Se requiere de una articulación entre la micropolítica del territorio (bajo el signo de la comunidad educativa y la macro-política del Estado dedicada a la dirección del país.
Es el nivel local, donde la institución puede dejar de ser un galeón desvencijado para volver a ser un lugar de referencia social.
Desde el dispositivo de la comunidad educativa urge trastocar el mero control por la gestión de los vínculos entre todos sus miembros, tanto internos como externos.
No alcanza con la construcción de protocolos punitivos verticales y rígidos, se deben crear múltiples espacios dialógicos desbordando las tareas de mediación pedagógica y auspiciando la formación integral de los alumnos sobre supuestos paidéticos.
Las alianzas territoriales, en el ámbito geográfico, donde se ubica la escuela, son fundamentales, para tejer redes con los centros de salud, clubes y organizaciones sociales, a fin de que el alumno se sienta contenido en una trama más amplia, que la del edificio físico escolar.
Complementariamente desde los más altos niveles del Gobierno se deben garantizar las condiciones de posibilidad para que todo no se reduzca a un esfuerzo heroico y aislado de cada escuela.
Para ello debe desactivar la actual retórica de la crueldad, abandonando el ejercicio de la violencia como método de resolución de conflictos. Si desde arriba se promueve la humillación del «enemigo», es imposible pedir paz en el aula.
Promover la inversión en la arquitectura de sistemas de cuidados.
La prevención de la violencia requiere tiempo y cuerpos presentes, algo imposible con docentes precarizados o «taxi».
Resulta urgente un debate nacional sobre para qué educamos hoy. Si el estado no ofrece un horizonte de futuro (empleo, estabilidad, integración), la escuela seguirá siendo percibida como un tiempo perdido. La legitimidad se recupera con utilidad social.
Se debe construir viabilidad para promover políticas de protección social integral dado que la violencia escolar también suele ser el «derrame» de la exclusión económica. La respuesta de fondo es reducir la brecha de desigualdad que alimenta la lógica de la «preeminencia del más fuerte» como única vía de supervivencia.
Parafraseando a un poeta salvadoreño: «Los heridos en los hospitales ante las distintas formas de violencia que pueden ser anticipadas, junto con los muertos por causas evitables, que yacen en los cementerios, están indóciles y enojados, porque saben, que a este ritmo y en poco tiempo, serán mayoría…»
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