En la tradicional esquina de Iberá y Ramón Freire, vecinos y militantes se reunieron el pasado viernes 10 de julio en la pizzería Atilano para escuchar al tecnólogo Claudio Martínez, en una charla-debate que dejó de lado el falso optimismo tecnológico y bajó los grandes algoritmos globales a la cruda realidad mundial.
Redacción ParqueChasweb
El viernes pasado el frío de julio se sintió con fuerza en las calles de la Ciudad. En Atilano, la clásica pizzería ubicada en la esquina de Iberá y Ramón Freire, el ambiente era otro. El murmullo de decenas de vecinos se mezclaba con un despliegue que se repite mes a mes en el local: cables, un micrófono y una pantalla que contrastaban con las mesas de madera y las clásicas botellas de moscato.
La convocatoria, organizada por la agrupación Vecinos Activos de Coghlan, tenía una consigna tan ambiciosa como urgente: desmenuzar el impacto y los desafíos de la Inteligencia Artificial (IA). La entrada no se cobró en pesos, sino en solidaridad: una caja o un paquete de alimento no perecedero destinado al Comedor Lugones, una postal de época que marcaba, desde el inicio, la tónica del encuentro. El disertante de la noche, Claudio Martínez, no vino a vender espejitos de colores ni a profetizar el apocalipsis de las máquinas. Vino a proponer una tercera vía: el tecnorrealismo.
Con tono pausado, Martínez comenzó desarmando la grieta tecnológica que divide al mundo entre los «tecnofóbicos» (quienes creen que las máquinas acabarán con la humanidad) y los «tecnofílicos» (fascinados con las pantallas que ignoran cualquier riesgo).
«Hay que ser tecnorrealistas. Observar el fenómeno, entender que se trata de un factor político de poder y comprender sus impactos. No es posible desenchufar la Inteligencia Artificial», advirtió Martínez bajo la atenta mirada de los vecinos y vecinas.
Para el expositor, lo que estamos atravesando no es una simple novedad tecnológica, sino un «cambio civilizatorio». La IA está reconfigurando el modo de habitar el planeta: cambia cómo trabajamos, cómo educamos, cómo gestionamos la salud y hasta la propia arquitectura de nuestro cerebro mediante el uso intensivo de pantallas.
Uno de los momentos clave de la noche fue cuando Martínez cuestionó la hegemonía del discurso de la eficiencia. «¿Qué es la eficiencia? Hacerlo más rápido y más barato», sintetizó.
Para el expositor, esta lógica de ceros y unos, donde no existen los matices ni los grises, es sumamente afín a los discursos de ultraderecha y al neoliberalismo económico. «Nosotros no podemos resignarnos a que el mundo sea puramente eficiente, porque hay un montón de cosas de nuestra condición humana que no pasan por la velocidad ni por el costo», sentenció.
En el plano laboral, Martínez trajo una paradoja que echó por tierra los viejos guiones de ciencia ficción. Mientras las películas de Hollywood nos hacían creer que los robots vendrían a hacer el trabajo físico pesado (los llamados trabajos de «cuello azul»), la realidad muestra lo contrario: «Mientras los robots escriben y piensan, nosotros lavamos los platos». Hoy, los puestos más amenazados por la automatización digital son los de oficina o «cuello blanco»: abogados, contadores, financistas y, paradójicamente, los propios programadores que crearon el sistema.
Ante esta alarmante transición que, a diferencia de las anteriores revoluciones industriales, no respeta los tiempos humanos de adaptación, Martínez recomendó seguir al psiquiatra argentino Miguel Benasayag y enfocarse en la «singularidad de lo vivo». Explicó que esto implica no intentar competir con las máquinas en el procesamiento de datos —una batalla que ya está perdida—, sino hacer foco en lo que verdaderamente nos hace humanos: la empatía, la capacidad de interpretar contextos, la estrategia y el calor del vínculo social.
El debate se encendió aún más al tocar la fibra geopolítica. Martínez describió un mapa global tenso, donde la histórica hegemonía de Estados Unidos hoy está en disputa frente a un modelo chino hiperplanificado. En esa carrera, la soberanía de los países periféricos corre serio peligro.
El disertante alertó sobre el «extractivismo de datos». «¿Por qué no nos cobran Gmail o WhatsApp? Porque alimentamos al monstruo con nuestra información». Esos datos viajan a gigantescos servidores concentrados en el Norte Global. En sintonía con esto, Martínez criticó con dureza los proyectos oficiales de instalar colosales centros de datos en la Patagonia:
«El plan es entregar los recursos naturales, el frío y el agua de la Argentina para abastecer la desmesurada cantidad de energía que consumen estos servidores de corporaciones extranjeras. Nos convertimos en los proveedores de energía de su infraestructura tecnológica a cambio de nada».
Hacia el final, la charla se metió de lleno en el barro de la política local. Martínez analizó con preocupación el anuncio estatal del «Gemelo Social Digital» —un sistema computacional que busca replicar el comportamiento de los ciudadanos a través de sensores y datos— supuestamente diseñado para optimizar la entrega de planes sociales. «La gestión de nuestros datos en manos del Estado, manejados por corporaciones, siempre tiene el riesgo de derivar en un uso político malicioso», advirtió.
Recordó que la manipulación de voluntades a través de redes no es nueva (desde Cambridge Analytica en el Brexit hasta las elecciones argentinas de 2015), pero que hoy, gracias a las fake news potenciadas por clonación de voces y videos falsos (deepfakes), el peligro es infinitamente superior.
La noche cerró con preguntas de los vecinos y un debate previamente propuesto. Martínez lamentó que hoy, en el campo popular y progresista, las discusiones sobre tecnología sean mayormente defensivas o electorales («cómo no perder elecciones contra la IA»).
Para el disertante, la verdadera discusión que la política le debe a la gente común es constructiva: ¿Cómo ponemos la IA al servicio del bien común y cómo construimos soberanía tecnológica?
El encuentro organizado por la agrupación Vecinos Activos de Coghlan en Atilano sirvió para la reflexión crítica y la búsqueda del cara a cara, en la calidez de una pizzería de barrio.
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