Palabras del periodista Mariano del Mazo publicadas en sus redes sociales y en La agenda de Buenos Aires, para despedir a Daniel Melingo (vecino de Villa Ortúzar).
El gran Miguel Frías decía muchas veces cuando regresaba de una nota, graciosamente: “Entré como periodista y salí como amigo”. Eso podría repetir yo ahora, cuando me siguen cayendo las fichas de la muerte de Dani Melingo, evocando cada una de las decenas de reportajes.
No me puedo acordar cuándo fue el primero. Tengo presente varios momentos, incluso antes de ser periodista, en el Stud Free Pub, cuando tocaron algunos temas de lo que luego fue La dicha en movimiento en un intervalo de un recital de Fontova Trío. Pipo Cipolatti en guitarra y él en saxo: me sorprendió “25 estrellas de oro”.
Después en la casa de Andrea Bonadeo, en La Lucila, en tiempos de H2O, que él le quería poner “El eternauta” y los herederos de Oesterheld no lo autorizaron. La época de Tangos bajos, cuando regresaba del infierno y lo sostenía la divina Negra en una casona del sur, creo que de Parque Patricios. El placer de conversar sobre Edmundo Rivero y sobre el Tordo Alposta. Y también sobre Lions in Love, cuando le confesé mi fanatismo por ese bandón perdido del agite madrileño.
En fin, me acuerdo sí de la última, en un bar cerca de su casa de la calle Estomba, invierno como ahora, hace tres años, que me regaló con orgullo, dedicado, el vinilo de Tangos bajos. Ahí pongo algunas fotos de esa entrevista, gentileza de Juan Quiles. Poco tiempo después nos citó a Claudio Kleiman, a Gaby Plaza y otros periodistas en la Boca, en la Fundación Proa para una película sobre, precisamente, Tangos bajos. Adoraba ese disco; tal vez alguien decida editar y terminar el documental. Dani le venía poniendo garra. Pero poco importa eso; nada importa en realidad.
La tristeza cayó como un baldazo de agua helada en todos los que lo conocieron. Murió un artista en serio. Y un tipo encantador. Con su muerte no desaparece solamente un músico extraordinario. Desaparece un conversador, integrante de una estirpe que intervenía la cultura como una manera de habitar el mundo. Un linaje.
Buenos Aires pierde un poco de esa ciudad invisible que existe detrás de la ciudad visible. Lloran los puertos, los sótanos, los bares de la calle Estomba. Alguna vez escribió Horacio Ferrer sobre Pichuco: “Por gracia de morir todas las noches, jamás le viene justa muerte alguna”. Le calza a la perfección: el alba se va quedando sin baqueanos.
La tristeza irá cediendo. Por ahora, resignificando la picaresca del sentido original del famoso verso, querido Dani, tenés a todos los muchachos moqueando la nariz.
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