
Diciembre es un mes que tiene una calidez muy especial, nos sensibiliza y nos lleva muchas veces a reflexiones existenciales. Cada persona transita situaciones diferentes, algunos tal vez no les guste las fiestas, otros solo las ven como reuniones para comer y beber entre familiares y amigos, pero también otros encontramos un sentido a la Nochebuena, a la Navidad y al fin de año, porque creemos que es una oportunidad para considerar y sentir la importancia de poder reunirnos con nuestros seres queridos, para compartir en esas noches las experiencias que se suscitaron todo el año, para sentirse acompañado, escuchando y siendo escuchados.
Espiritualmente festejamos en Nochebuena y Navidad, que Jesús nació por mandato divino con el objetivo de plasmar en nuestra madre tierra y sus habitantes los mensajes de Dios, información que tuvo muchas y diferentes interpretaciones.
Desde distintas líneas espirituales he rescatado algo que todas comparten, que lo esencial de los mensajes de Joshua, Jesús, el Cristo, era sentir la presencia divina en el corazón, su Amor, su Paz, que esa fraterna conexión con Dios o el universo, se llega a percibir cuando aquietamos la mente y dejamos que nuestro corazón sintonice con el humano divino que todos somos. Su llegada en cada Navidad es renacer el amor crístico en nuestro corazón.
Para Occidente un nuevo ciclo comienza en nuestro planeta azul, esperemos que lo aprendido en el viejo año esté lleno de reflexión y valores. Será momento de dejar más tiempo desconectado el celular y empezar a encontrar en nosotros esa energía tan sanadora que acerca y eleva la frecuencia.
Empezar a preguntarnos el sentido que tiene estar con vida… Seguramente muchas puertas se abrirán con un nuevo presente. Impulsarnos al cambio, celebrar en estas fiestas los vínculos con mayor presencia y consciencia para recibir un nuevo año con mayor fuerza y esperanza, tomando el compromiso de dar lo mejor, aceptando y recibiendo cada experiencia como única e irrepetible.
¡Felicidades!

