
En el barrio Cardenal Samoré, en Villa Lugano, la bronca de comerciantes y vecinos crece al ritmo de los cortes de luz que se repiten cada semana, muchas veces durante horas o incluso días. Mientras las facturas de electricidad llegan con aumentos, los frentistas aseguran que el servicio es cada vez más inestable y que deben endeudarse para comprar grupos electrógenos si quieren mantener sus negocios abiertos y conservar la mercadería.
Lucas, dueño de un almacén de la zona, resume el malestar general: los cortes se extienden entre 24 y 48 horas y se repiten cada vez que sube un poco la temperatura, sin distinción de estación. Relata que, pese a las promesas de la distribuidora de resolver las fallas en pocas horas, muchas veces no ve personal trabajando en la calle y termina dependiendo de su propio equipamiento para seguir atendiendo.
Para evitar que se arruinen helados, lácteos y productos frescos, tuvo que invertir unos 1.200 dólares en un generador nuevo, una suma enorme para un comercio de barrio. Desde la tarde anterior permanece vigilando el equipo para que no se apague, consciente de que cualquier falla se traduce en pérdidas directas de mercadería y de ingresos, justo en plena temporada de fiestas, cuando muchos locales apuestan a mejorar las ventas.
El panorama se repite en otros comercios de Cardenal Samoré. Roberto, al frente de un maxikiosco, describe la situación como “un quilombo” y asegura que los cortes son prácticamente diarios. Cuenta que debió gastar 400.000 pesos en arreglar un generador y que, aun así, la boleta de luz le llegó por 300.000 pesos, pese a que buena parte del tiempo trabaja con electricidad propia. La sensación común es de injusticia: el servicio se paga como si fuera pleno, pero la prestación real está lejos de ser constante.
Martín, ferretero del barrio desde 1993, aporta una mirada histórica: sostiene que el problema arrastra décadas y que, si antes se atribuía a picos de calor extremos, ahora los apagones se dan en primavera, otoño e invierno por igual. A su juicio, las empresas sólo aplican “parches” sobre una red saturada y envejecida, sin encarar obras de fondo que refuercen la infraestructura eléctrica en el sur de la Ciudad. Mientras tanto, las tarifas suben y la inversión estructural sigue sin verse en la vida cotidiana de Lugano.
Los cortes no sólo golpean a la caja de los comercios por el costo de equipos y combustible: también alejan a los clientes. Martín explica que, sin luz, la gente evita entrar a los locales, y eso se refleja en una caída directa de las ventas en un contexto económico ya de por sí duro, donde cada cliente cuenta. Los comerciantes advierten que la combinación de menores ingresos, mayores gastos y servicio deficiente pone en riesgo la continuidad de muchos pequeños negocios del barrio.
En las casas, el clima es similar. María, vecina de la zona desde hace más de 15 años, cuenta que actualmente está sin suministro y que los llamados a la empresa y al ente regulador se repiten sin obtener soluciones de fondo. Ante la falta de respuestas, hace más de tres años decidió comprarse un grupo electrógeno chico para poder atravesar los cortes más largos. Entre el ruido, el costo del combustible y la preocupación permanente, describe que vive “haciendo mala sangre” cada vez que las luces vuelven a apagarse en Cardenal Samoré.
