
Durante más de medio siglo, el avance inmobiliario transformó uno de los barrios más elegantes de Buenos Aires. Donde antes había jardines centenarios, galerías, palacetes y residencias de familias tradicionales, hoy predominan edificios de departamentos
Por décadas, Belgrano fue sinónimo de calles arboladas, grandes quintas y residencias señoriales. A fines del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, las familias más acomodadas de Buenos Aires eligieron el antiguo pueblo de Belgrano para construir sus casas de descanso y luego sus viviendas permanentes.
Aquellas propiedades ocupaban terrenos que hoy resultarían impensados. Parcelas de más de mil metros cuadrados, jardines con magnolias, palmeras y araucarias, cocheras para carruajes, galerías, vitrales europeos, escalinatas de mármol y detalles arquitectónicos que convertían a muchas de ellas en verdaderas obras de arte.
Sin embargo, gran parte de ese patrimonio desapareció. El crecimiento de la ciudad, el aumento del valor del suelo y la sucesión de cambios en las normas urbanísticas hicieron que, especialmente desde las décadas de 1960 y 1970, muchas de aquellas residencias fueran demolidas para dar paso a edificios de propiedad horizontal. Hoy, recorrer Belgrano es observar un barrio donde sobreviven apenas algunos testigos de aquella época dorada.
Probablemente ningún caso represente mejor la transformación de Belgrano que el de la denominada “Casa del Ángel”. Ubicada en la esquina de Cuba y Sucre, era uno de los palacetes más importantes del barrio. Había sido construido por el arquitecto alemán Karl Nordmann para el médico Carlos Delcasse y contaba con cerca de veinte habitaciones rodeadas por un amplio parque.
Su fama trascendió la arquitectura. En esa residencia se filmó en 1957 la película “La Casa del Ángel”, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, una de las obras más importantes de la historia del cine argentino. También fue escenario de otras producciones cinematográficas. Cuando fallecieron sus propietarios comenzaron las gestiones para preservar el edificio. Incluso existió la posibilidad de que el Estado lo adquiriera para convertirlo en museo.
Nada de eso ocurrió. En 1977 la casona fue demolida. En su lugar se levantaron dos torres de departamentos y una galería comercial. La estatua del ángel que identificaba a la propiedad fue rescatada y trasladada, convirtiéndose en uno de los pocos vestigios físicos de aquella residencia que marcó una época.
Cuando Belgrano todavía era un pueblo independiente, gran parte de su territorio estaba ocupado por quintas de veraneo. La cercanía con el Río de la Plata, la tranquilidad de sus calles y el aire más puro que el del centro porteño atraían a políticos, comerciantes y familias tradicionales. Con el paso del tiempo llegaron el tranvía, el ferrocarril y posteriormente el subte. La accesibilidad hizo crecer el valor de la tierra.
Y donde antes vivía una familia en una gran residencia, comenzaron a levantarse edificios capaces de albergar a decenas de propietarios. Fue un proceso que se extendió durante décadas y que modificó profundamente la identidad arquitectónica del barrio. Especialmente sobre avenidas como Cabildo, Libertador, Monroe, Juramento y también en sectores internos de Belgrano R, las constructoras fueron reemplazando antiguas viviendas por edificios cada vez más altos.

Cada demolición significó mucho más que perder una fachada antigua. Desaparecieron jardines diseñados hace más de un siglo. Esculturas. Rejas de hierro forjado realizadas artesanalmente. Carpinterías de cedro. Vitrales importados. Bibliotecas. Escaleras construidas con mármoles europeos. Muchos de esos materiales terminaron vendidos como piezas de demolición o simplemente destruidos. También desaparecieron historias familiares. En varias de esas casas vivieron médicos, diplomáticos, escritores, empresarios y figuras políticas que formaron parte de la historia de Belgrano.
No todas las casonas corrieron la misma suerte. En distintos momentos surgieron movimientos vecinales que lograron evitar algunas demoliciones. Uno de los casos más emblemáticos fue la histórica residencia de Lucio V. Mansilla, conocida como Villa Esperanza. Durante más de dos décadas, vecinos e instituciones impulsaron acciones judiciales y campañas públicas para impedir que fuera vendida para un emprendimiento inmobiliario. Finalmente, el inmueble fue preservado y continúa formando parte del patrimonio histórico del barrio, demostrando que la participación ciudadana también puede cambiar el destino de estos edificios.
Aunque la transformación fue enorme, todavía sobreviven algunas joyas arquitectónicas. Belgrano R conserva uno de los conjuntos más importantes de viviendas inglesas de Buenos Aires. También permanecen antiguas residencias recicladas como embajadas, colegios, institutos educativos, clubes o sedes institucionales. Sin embargo, especialistas y organizaciones dedicadas a la defensa del patrimonio advierten que muchas otras propiedades continúan en riesgo debido al alto valor inmobiliario de los terrenos que ocupan.

El debate entre crecimiento urbano y preservación patrimonial no tiene una respuesta sencilla. La construcción de nuevos edificios permitió aumentar la oferta habitacional y acompañar el crecimiento demográfico. Pero también provocó la pérdida irreversible de parte de la memoria arquitectónica de Belgrano. Hoy resulta difícil imaginar que detrás de muchas torres modernas existieron jardines centenarios, palacetes de estilo francés o inglés y residencias que definieron el paisaje del barrio durante décadas. Quizá por eso, cada vez que desaparece una vieja casona, la discusión vuelve a repetirse entre vecinos, urbanistas y desarrolladores.
Porque cuando cae una de esas construcciones no solo desaparecen ladrillos y molduras. También se pierde un fragmento de la historia de Belgrano.
