
El nuevo Índice de Bienestar Urbano volvió a encender una luz de alarma sobre la Ciudad de Buenos Aires: mientras las comunas del norte consolidan sus buenos indicadores, el sur porteño sigue quedando atrás. El trabajo elaborado por el Instituto de Políticas Públicas para la Nación confirma, con cifras y series históricas, una desigualdad que los vecinos perciben hace décadas.
El Índice de Bienestar Urbano (IBU) se construye a partir de variables que reflejan la vida cotidiana en cada comuna: situación habitacional, desarrollo urbano, acceso a educación y cultura, desempeño socioeconómico, niveles de seguridad y condiciones ambientales. Desde 2016 se elabora de manera sistemática, lo que permite observar no sólo una “foto” del momento, sino también la evolución —o el estancamiento— a lo largo del tiempo. De este modo, se pueden identificar comunas donde las mejoras fueron sostenidas y otras donde las brechas persisten.
En la última edición, las comunas 13 (Núñez, Belgrano y Colegiales) y 2 (Recoleta) se ubicaron en lo más alto del ranking, ratificando la supremacía del norte porteño en casi todos los estudios comparativos. Cuando el índice se lanzó por primera vez, quienes encabezaban la tabla eran la comuna 11 (Villa Devoto, Villa del Parque y alrededores) y la 6 (Caballito), también con muy buenos resultados generales. El panorama muestra un corredor norte y centro-norte con altos niveles de bienestar, frente a un sur que acumula deudas estructurales.
En el extremo opuesto aparecen, una vez más, las comunas 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya y Parque Patricios) y 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo), con los índices más bajos de la ciudad. Ya en 2016 la comuna 4 figuraba en la parte baja de la tabla, junto a la 3 (Balvanera y San Cristóbal), dejando en evidencia una postergación histórica de la zona sur. Los datos actuales confirman que, pese a algunas obras puntuales, el patrón general de desigualdad se mantiene.
Especialistas en políticas públicas remarcan que la brecha no es uniforme: el llamado “centro sur”, que incluye parte de la comuna 1 y de la 3, conserva equipamientos y servicios propios del casco histórico, como mayor presencia de comisarías, escuelas y dependencias estatales. Sin embargo, esa infraestructura no se replica con la misma intensidad hacia el sur profundo, donde se concentran peores indicadores habitacionales, menor acceso al transporte y menos oportunidades educativas y culturales.
Al desagregar el índice por temas se observa un mapa todavía más complejo. En la dimensión Seguridad, la comuna 2 (Recoleta) y la 6 (Caballito) obtienen los mejores valores, mientras que la 1 (Retiro, Monserrat, San Telmo y zonas aledañas) y la 7 (Flores y Parque Chacabuco) muestran los niveles más desfavorables. Es decir, el problema no se reduce al clásico norte–sur, sino que expone realidades contrastantes incluso dentro de áreas centrales muy transitadas.
En Desarrollo Urbano se mide la cercanía al subte, Metrobus o tren, la oferta cultural, el valor del metro cuadrado y la cantidad de reclamos por fallas en el espacio público. Allí, las comunas 4 y 9 (Liniers, Mataderos y Parque Avellaneda) fueron catalogadas como “muy negativas”, mientras que la 1 y la 15 (Chacarita, Villa Crespo, La Paternal y alrededores) lideran el ranking. Entre los reclamos más frecuentes figuran problemas de higiene urbana, recolección de residuos, falta de iluminación y mantenimiento deficiente de calles que no son avenidas principales.
Urbanistas y especialistas coinciden en que las diferencias que muestra el IBU son el resultado de procesos acumulados durante décadas. No se trata sólo de políticas recientes, sino de decisiones históricas de inversión —o de ausencia de inversión— en infraestructura, transporte, espacios verdes y equipamiento social. Las estrategias basadas exclusivamente en cambios normativos, como las transferencias de derechos de construcción, han tenido impactos modestos cuando no estuvieron acompañadas por obras concretas y políticas integrales.
Entre los desafíos hacia adelante se mencionan la necesidad de “recuperar” el área central, aprovechando su excelente accesibilidad en transporte público; alinear las políticas de urbanismo con las de movilidad; y apostar por proyectos que prioricen la inteligencia urbana por sobre el puro hormigón. También se subraya la urgencia de ampliar los espacios verdes, reducir la velocidad del automóvil para mejorar la seguridad vial y el confort acústico, y fortalecer la red ferroviaria y de subte, completando líneas pendientes como la H y proyectando la F.
Los expertos señalan que Buenos Aires seguirá profundizando sus desigualdades si no se diseñan políticas específicas para los barrios del sur, sin desatender al resto de la ciudad, pero con un énfasis claro en donde más se necesita. Esto implica orientar mayor inversión en vivienda digna, servicios básicos, transporte público de calidad, escuelas, centros de salud y espacios culturales. También supone revisar grandes infraestructuras, como los bajo autopista, que cristalizan miradas distintas según el sector de la ciudad al que pertenecen.
El Índice de Bienestar Urbano, al condensar en un solo indicador la situación de vivienda, ingresos, seguridad, ambiente y acceso a derechos, deja poco margen para la excusa: la desigualdad entre norte y sur ya no es sólo una percepción, sino un dato verificable. La pregunta que queda abierta es si las próximas gestiones estarán dispuestas a tomar ese diagnóstico como hoja de ruta para planificar una ciudad menos fragmentada y más equitativa, donde el código postal no determine las oportunidades de cada vecino.
