
El 24 de marzo volvió a mostrar algo que ya no es novedad, pero sí dato: la memoria en Argentina no es un ritual vacío. Es, sobre todo, un terreno de disputa política actual. A medio siglo del golpe de 1976, las movilizaciones en todo el país no solo recordaron el terrorismo de Estado, sino que funcionaron como un termómetro del presente.
Desde ciudades como Resistencia hasta la Plaza de Mayo, la convocatoria fue masiva y transversal. Familias, jóvenes, organizaciones sociales, sindicatos y espacios políticos ocuparon las calles con una consigna que sigue vigente: memoria, verdad y justicia. Pero lo que se vio no fue solo conmemoración. Hubo un mensaje político claro, dirigido al presente.
En distintos puntos del país, los documentos leídos coincidieron en algo: una crítica directa al rumbo del gobierno nacional. Se habló de ajuste, de pérdida de derechos y de un modelo económico que remite, según los organismos, a lógicas que ya estuvieron presentes en la dictadura. También aparecieron cuestionamientos al Poder Judicial y a los gobiernos provinciales, señalados por su rol frente a la crisis social.
Sin embargo, la jornada también dejó expuestas las tensiones dentro del propio campo opositor. En Buenos Aires, la movilización no fue completamente unificada: hubo más de un documento y más de un acto. Por un lado, los organismos históricos y sectores del peronismo sostuvieron una línea centrada en la denuncia al gobierno y al negacionismo. Por otro lado, espacios de izquierda endurecieron el foco y ampliaron las críticas hacia la dirigencia sindical y sectores del peronismo, a quienes acusan de habilitar, por acción u omisión, el avance de las políticas oficiales.
Esa diferencia no es menor. Mientras algunos plantean la necesidad de construir una oposición amplia, otros insisten en que esa “unidad” diluye responsabilidades. El resultado fue una movilización masiva, pero políticamente fragmentada.
Aun así, hay algo que atraviesa todas las posiciones: el rechazo al negacionismo. A 50 años del golpe, la cifra de los 30.000 desaparecidos volvió a ocupar el centro de la escena, junto con el reclamo de justicia y la denuncia de las complicidades civiles y empresariales que sostuvieron el terrorismo de Estado.
La jornada también dejó ver otro fenómeno: una participación que excede a las estructuras tradicionales. Más allá de partidos y sindicatos, hubo una presencia fuerte de personas que marchan sin pertenencia orgánica, lo que refuerza la idea de que el 24 de marzo sigue siendo una fecha con capacidad de interpelar por fuera de la militancia clásica.
Lo que queda es una escena compleja. Por un lado, una movilización masiva que confirma que la memoria sigue viva. Por otro lado, un mapa político fragmentado, donde incluso quienes comparten la calle no comparten del todo el diagnóstico ni las estrategias.
Lejos de ser un acto cerrado sobre el pasado, el 24 de marzo volvió a funcionar como un espejo incómodo del presente. Y, sobre todo, como un recordatorio de que en Argentina la memoria nunca es neutral. Siempre toma posición.
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